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Torres, Francesc
Ben-Hur, Guderian y Michael Schumacher: Razones para tener prisa cuando el poder lo es todo

Jörg Sasse. 6997, 1996

Ya pueden decir lo que quieran, pero el final del automovilismo tal como lo hemos conocido está a la vuelta de la esquina. Seguiremos conduciendo máquinas rodantes, pero no es lo mismo que éstas estén propulsadas por un motor dentro del cual se produce una tormenta de fuego acompañada por los truenos de rigor, que por uno alimentado por la misma fuente de energía que nos tuesta cada mañana el pan Bimbo del desayuno con el gemido triste de un carrito de golf. Una de las características perversas de la tecnología, su lado oscuro, es la de magnificar comportamientos atávicos sin cambiarlos. A partir del momento en que se inventa la guerra como instrumento político y económico hace aproximadamente 4.000 años, generando la necesidad de grandes ejércitos profesionales conocedores de las ventajas proporcionadas por armamento y tácticas superiores a las del oponente, se descubren las virtudes de la velocidad en combate. La aparición, como detalla Keegan, del carro de guerra procedente de Asia central hecho de mimbre y madera ligera, con un peso de solo cuarenta kilos, propulsado por dos caballos controlados por un auriga (una excelente relación peso/potencia con piloto especializado) y llevando a cuestas a un guerrero repartiendo estopa, multiplicó por cinco la velocidad de acción en el campo de batalla, tal como ya lo había hecho la caballería pero de una manera más eficaz, ya que el jinete tenía que hacerlo todo solo, sin estribos hasta el siglo XIII de nuestra era, y de manera mucho más expuesta (...)

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