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Miguel Rio Branco. Cao e carro, Tijuana, 1996 |
En el salvaje oeste americano, cuando alguien robaba un caballo se le colgaba del primer árbol que se encontraba. Se suponía que ese robo limitaba las posibilidades de supervivencia de la víctima en un mundo salvaje y lleno de peligros, sin estructuras de comunicación ni transportes: era justa la pena de muerte. Ya sabemos por qué se llamaba salvaje a ese oeste y a otros no, pero también apreciamos la importancia, la complementariedad del vehículo con el individuo, con el usuario y sobre todo con el propietario. El caballo era un valor en sí mismo, instrumento de trabajo, un elemento patrimonial y, cómo no, un símbolo de riqueza y diferencia en función de la calidad y raza del animal. |
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Miguel Rio Branco. Canto, La Habana, 1994 |
Más allá de una industria esencial para el desarrollo occidental en el siglo XX (y que en el XXI está claramente en pleno derrape) el coche se ha construido como un mito social, un signo de poder, de lujo, algo esencial para medir nuestra importancia social y nuestro gusto personal. Dime qué coche tienes y te diré cómo eres, quién eres… o quien quieres ser. Las casas aseguradoras cobran más, no sólo a los jóvenes o a los inexpertos, sino que cargan un extra si el vehículo es rojo, aunque sea de una gama pequeña, un modelo económico o familiar: el rojo es el color del Ferrari, del Fórmula 1, es el color de los deportivos, el color de la velocidad. Cada marca automovilística, al margen de sus características reales, tiene un símbolo popular: la riqueza es el Rolls, la velocidad el Ferrari, la perfección el Mercedes; las marcas japonesas no le interesan a nadie, han llegado tarde al reparto de mitos. La comodidad, la seguridad, el bajo consumo son temas que no le importan al amante del automóvil, a ese que se gasta miles de euros para diferenciar su coche, sólo el suyo, de los cientos de miles iguales que se han fabricado: su coche que acaba valiendo menos que todos los extras que su propietario le coloca para customizarlo, tunearlo, diferenciarlo, para darle su estilo, cuando en definitiva ese coche no tiene el estilo que hubiéramos querido. Nadie tunea un Ferrari, ni un BMW, ni un SAAB, ni un Mercedes… porque ellos ya tienen su personalidad, y de eso se trata en el mundo del coche: correr más, llegar antes, ser más vistosos, más aparentes… el coche berlina metalizado, el deportivo rojo, el familiar blanco; un garaje para dos, para tres coches; éste para ciudad y éste otro para viajar, y otro más para pasear, descapotable por supuesto y sólo dos plazas. Todo en el mundo del coche nos habla de competición, de riesgo, de velocidad, de poder. Es un mundo masculino en el que la grasa es una crema hidratante y el humo un perfume de marca. La gasolina –nunca nos gustó el diésel– es la sangre y el cuerpo, la carne, es el metal, las bujías, el cuero de la tapicería, la madera en el salpicadero (…)
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