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Editorial

Olivares, Rosa
La vuelta al día en ochenta mundos

Fischli & Weiss. Airport Rio, Air France, 1998

Para empezar habría que decir que viajar no es sinónimo de ir de vacaciones, sino que viajar es la acción de trasladarse de un punto a otro, lo suficientemente lejanos entre sí. Es decir, que esa idea contemporánea de unir términos como viajar y placer es algo propio de una burguesía cada vez más alta. De hecho casi podríamos decir que considerar un placer el hecho de viajar es cada vez más difícil. Otra asociación equivocada es la de viajar y aventura, aunque tendríamos que admitir también que aventura y diversión, placer o logro, no son necesariamente lo mismo. Una aventura puede ser una serie de peripecias desgraciadas nada venturosas. Y en este sentido sí que podemos admitir que viajar es casi siempre una aventura, porque los problemas, inconvenientes y desatinos que se producen en cualquier viaje son directamente proporcionales al tiempo que se dedica al viaje, a la distancia que se recorre y a los medios económicos que se invierten. Y, por supuesto, a los motivos que nos muevan u obliguen a viajar. Esto es como decir que viajar por mar no es necesariamente hacerlo en un crucero de lujo o en un yate propio, sino que suele ser más frecuente hoy en día hacerlo en patera o en un neumático a medio hinchar. Viajar por carretera es diferente con un coche con aire acondicionado y un buen motor que hacerlo de polizón en los bajos de un camión. En fin, que hay tantas formas de viajar como causas para hacerlo pero, curiosamente, en las sociedades civilizadas el viajar se ha convertido en un signo de bienestar económico, de agilidad cultural y de forma de vida correcta. Si después de unas vacaciones no se tiene un viaje que contar estaremos fuera de todas las charlas en la oficina o entre familiares o amigos. Y ojo, como el viaje sea en tu propio país, es decir no hayas visitado lugares de nombres imposibles y difíciles de encontrar en cualquier mapamundi, ya puedes aducir algún eximente tal como curiosidad cultural, exceso de trabajo, los niños estaban enfermos, algún tipo de promesa, un virus contagioso… o admitir directamente que con este calor ir al Caribe para, después de los tifones, encontrarte con el vecino de abajo, o el camarero del bar donde desayunas, o tu propio jefe, tonteando en la misma playa que tú, no te parece un buen plan. Que, tal vez, no te interesa hacer alpinismo, trekking, dormir en el suelo, no lavarte en semanas, comer cosas innombrables, acabar con las fuerzas que te quedaban antes de las vacaciones y endeudarte para todo el año visitando las montañas del Nepal durante diez días. Es una cuestión de opiniones, pero ahora viajar es prácticamente sinónimo de vacaciones y, ¡Dios mío¡ de turismo.

Wim Wenders. Joshua and John behind, Odessa, Texas, 1983

En la antigüedad el viaje significaba un cambio permanente de lugar. No se recorrían miles de kilómetros para estar solamente unos días y volver a casa a contarlo con fotos digitales y vídeo de acompañamiento. Naturalmente la evolución de los medios de transporte tiene mucho que ver con esta facilidad, pero sobre todo ese cambio conceptual de considerar que realmente podemos ir a cualquier sitio, generalmente sin alterar nuestra forma de vivir, de relacionarnos con la gente ni con los lugares. Una frivolización de la diferencia que se integra en la idea de globalización y que gira sobre sí misma: si queremos vivir igual, hablar el mismo idioma y comer lo mismo en cualquier parte del mundo, cada vez tiene menos sentido moverse. La idea de viaje estaba ligada a la de invasión, emigración y exilio, dependiendo de las culturas y los momentos históricos. Y las condiciones y consecuencias de esos grandes viajes, de los que se hacían uno en la vida y su huella duraba ya para siempre, eran muy diferentes de los viajes de tour operator que se hacen en la actualidad. Sin embargo hoy en día, en tiempos de mixtificación, en la misma playa que toman el sol y descansan gentes venidas de lejanos países del norte, después de largos viajes preparados cuidadosamente, encontramos los restos de las pateras que han traído desde el sur gentes que buscan cambiar sus vidas, al menos sobrevivir de un viaje inevitable pero temido, sin duda el viaje de su vida. Desde Phileas Fogg o el Capitan Cook, entre los grandes viajeros, aventureros que descubrían islas y continentes sin despeinarse, rodeados de criados y baúles con sus equipajes, que podían encontrarse casualmente en el África negra y saludarse cortésmente, y los actuales mochileros, turistas y domingueros del “todo incluido”, no sólo hay años de tiempo sino siglos de evolución cultural. Como igualmente en otros tiempos un viaje transoceánico era algo que muy pocos (excepto en caso de guerra) pensaban hacer y ahora mandamos a nuestros hijos adolescentes, solos, hasta el otro extremo del mundo a que perfeccionen el idioma en las vacaciones de verano. Viajar se ha convertido en algo cotidiano. Y sin duda en esta democratización del viaje todos hemos ganado en posibilidades de mejora de vida, excepto los que sólo reciben viajeros, habitantes de paraísos culturales que los viajeros en masa destrozan y humillan no sólo con su presencia, sino con una ignorancia que no ha desaparecido con todos los avances de unas sociedades que todo lo pueden, sino que se incrementa al mismo ritmo del desprecio con que tratan a los habitantes de otras culturas y otros mundos. Igualmente, para destacar en esa “democratización viajera” y como si fuera un juego olímpico, cada vez debemos ir más lejos, más rápidos, ser más originales. El placer silencioso y lento del viaje se va perdiendo tan rápidamente como el concepto de calidad de vida.

Alec Soth. Cementery, Fountain City, WI, series Sleeping by the Missisippi, 2002

Pero tal vez deberíamos volver a empezar y afirmar que el viaje es un estado interior, que más allá de ir a otro lugar, el viaje significa una transición, un aprendizaje. Hubo un tiempo en el que los viajeros buscaban aprender algo, sobre ellos mismos casi siempre, y en los que el viajar era una etapa de madurez, de conocimiento, de independencia, una prueba de vida. Viajar es algo que podemos hacer en nuestra casa, con los ojos cerrados, podemos desplazarnos a mundos ignotos, a tiempos lejanos. Viajar en el tiempo y el espacio, saber que el paraíso puede estar en nuestra terraza y que tal vez lo que encontremos en el fin del mundo sea solamente a nosotros mismos. Viajar como escapada, como huida, “la escapada del verano”, “la huida de la ciudad, de lo cotidiano”, pero sobre todo huida de nosotros mismos, de nuestros problemas. Es también una forma de inmersión en lo desconocido deseando que un entorno nuevo y diferente sea suficiente para olvidarnos de nosotros mismos y nuestros problemas. Sin darnos cuenta de que el auténtico viaje es la vida y que cada día es una etapa, una pequeña excursión. Y este viaje cada uno elige como hacerlo; alguno elige una agencia de viajes para organizarlo, otros van por su cuenta, unos a pie, otros en avión. Cada salida, cada llegada, los recuerdos, la experiencia que almacenamos es el único equipaje, la única historia. Séneca le escribía a su discípulo más querido, Lucilio, una epístola en contra del viaje: para qué quieres viajar, irte tan lejos, si adónde quieras que vayas siempre irás contigo mismo.

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