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Ensayo
Rosa Olivares
Cuando
las formas se convierten en objetos
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BILL VIOLA, The Messenger, 1996
As installed in the Durham Cathedral, England
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Lo que Miss Peel está diciendo
realmente es
que todo aquello que le resulta imaginativo,
todo lo que no le es familar, o simplemente
todo lo que no le gusta, es peligroso
Arts Magazine, marzo de 1956
En la evolución de la cultura hay algunas cosas que prácticamente
no han cambiado desde el origen de la humanidad. Mientras llegamos
a la Luna, Marte y descubrimos el origen de la vida, clonamos ovejitas
e incluso niños para el futuro, seguimos sin poder curar
un resfriado. Mientras los medios de comunicación revolucionan
hasta la forma de hacer la guerra -uno de los deportes más
habituales del hombre en toda su historia- y el arte se redescubre
en mil facetas continuamente transformadas, la censura, el miedo
a la libertad y la necesidad de poner límites a la imaginación,
siguen tan vigentes y actuales como pudieron estar en la Edad Media.
De hecho podríamos afirmar que la tan afamada Santa Inquisición
se ha quedado anclada en el pasado no sólo en los métodos
de tortura y humillación del individuo, sino también
en esa absurda necesidad de callar a los que quieren decir las cosas
de forma diferente, a los que buscan más allá de lo
permitido, de lo habitual, de lo correcto. La evolución tecnológica
junto con el desarrollo de los lenguajes de todo tipo, han desarrollado
ampliamente las posibilidades de causar dolor y también de
acallar y prohibir, eliminar, a aquellos que disienten de una forma
u otra.
El problema de la censura es que ya casi nadie la quiere nombrar
con este su nombre más sencillo y auténtico. Ahora
las formas de censura se transforman, se travisten, en problemas
económicos, en autocensura, en redefiniciones estéticas,
o simplemente se habla de otros problemas que impiden que tal obra
se exponga, que incluso se pueda producir, medidas que hacen que
un artista cambie su opinión, que deje su país, que
pueda dejar de ser un artista y se convierta simplemente en funcionario.
Aunque en algunos lugares todavía se castiga con la cárcel
o la prohibición más pública y directa, en
los países conocidos como desarrollados, democráticos,
y otros adjetivos homónimos, los presupuestos oficiales,
las adjudicaciones o negaciones de becas y apoyos a la creación
pueden ser suficiente censura. O, más directamente, el mercado
se encargará de pulir lo que se desvíe demasiado del
cauce correcto. Aunque ese cauce correcto no siempre pueda parecerlo,
porque es una verdad constatada que el cauce más adecuado
hoy en día, el que el mercado y la crítica más
distinguen, está centrado en una especie de provocación
que, oculta en la mayoría de las ocasiones detrás
del ingenio y la brillantez de los jóvenes artistas, un conformismo
y unas ganas de entrar en el star system del arte y en lo más
selecto del show business que anula cualquier crítica real.
Nuevamente habría que recordar el título de aquella
excelente muestra When attitudes become Form. Live in Your Head
(Kunsthalle de Berna, 1969).
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PHILIP GRIFFITH JONES, Sensation,
New York, December 1999
© Philip Griffith Jones / Magnum / Contacto
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Cuando las formas se convierten en conceptos, en ideas, estamos
ante una situación que requiere inteligencia e imaginación.
No se puede admitir que una sola imagen sea considerada como una
salvación intelectual, pero tampoco podemos obviar que las
formas son los cuerpos, los transportes físicos, de las ideas
y de los sentimientos, de todas esas cosas que apenas se pueden
expresar y que a veces tan difícilmente sabemos explicar.
Se censura aquello que no se puede entender, lo que descontrola
al poder. Se censura la diferencia, la variedad, lo que se aparta
de lo habitual. Por esto todo lo nuevo, lo que implica cambios y
produce una cierta inseguridad es susceptible de ser censurado si
encuentra en su camino alguien con el miedo y el poder suficiente
para ejercer ese control. Aunque antes procurará, si es inteligente,
generar cauces para que el miedo y la inseguridad penetren en la
sociedad hasta el punto de que cada uno se autocensure libremente
y se pueda afirmar que la censura oficial ya no existe.
Las variadas estrategias de la censura están presentes
en todos los niveles de comunicación humana. Naturalmente
se regulan más estrictamente en aquellos aspectos públicos
que en los privados, si bien en las esferas privadas, desde la familia
hasta la propia pareja, la autocensura, el acatamiento a unas reglas
que en muchas ocasiones nos llevan a la mentira, el engaño
o la doble moral, son semillas de un censura latente. De igual modo
que el carácter autoritario, intransigente y hasta despótico
de algunas personas en su entorno más íntimo nos hace
pensar que la censura no es, finalmente, nada más que una
forma de ejercer el poder, un poder que en muchos casos no necesita
ser comprendido ni siquiera aceptado por aquellos a los que se les
impone. De hecho veremos poco a poco que la censura real solamente
se aplica en aquellos regímenes o sociedades en los que el
poder es prácticamente absoluto o, por las razones que fueren,
incuestionable.
La censura se aplica, siempre se ha aplicado, a aquellos campos
en los que la inteligencia, la imaginación y la creatividad
pueden usarse para realizar una crítica o deconstrucción
de la situación social, cultural, económica y de cualquier
otro tipo, que esté implantada por el poder establecido.
Asistimos entonces a una lucha entre dos fuerzas dispares: el poder
real, la fuerza, las leyes, el dinero, por un lado y por otro lado
la imaginación, el ingenio, y también la inocencia
y la terquedad. Sería nuevamente, eternamente, una lucha
entre David y Goliat. Es en la prensa, en la enseñanza, en
los medios masivos de comunicación, en las relaciones sociales,
en las que la censura se aplica con más fuerza y seguridad.
Los mismos canales en los que se estructura una educación
regresiva o progresista, donde se forma el carácter y la
opinión de los ciudadanos. A veces no hace falta censura,
si se saben aprobar unas leyes o estructuras sociales suficientemente
estrictas e inviolables, entonces ciertos aspectos de la censura
se hacen innecesarios. Si se practica la ablación sexual
de millones de mujeres no hace falta censurar el placer sexual de
estas mujeres ya imposibilitadas para desarrollarlo. Si se prohíbe
por ley la propiedad privada, la censura en acumulaciones empresariales,
en ventas y adquisiciones no se puede aplicar. Si se prohíbe
la televisión y se niega el derecho a la alfabetización,
si se eliminan los diarios y los libros (como el régimen
de los jeméres rojos en Camboya) la censura de los medios
de información se vuelve absurda, casi una sofisticación.
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IAN BERRY, Sharpeville, South
Africa, March 21, 1960
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Evidentemente esas situaciones extremas
sólo se dan en países subdesarrollados económica
y socialmente, o en aquellos que tienen unos regímenes políticos
dictatoriales de mano dura. Lo más normal es que las leyes
ofrezcan un rostro de justicia e igualdad y que la realidad sea
una cosa diferente, que detrás de esas leyes se creen usos,
formas o situaciones en los que la propia ley sirva para defender
algo diferente, por ejemplo a través de comités y
sistemas de control determinados. No nos extrañamos si nos
hablan de censura en Pakistán, pero dentro de Pakistán
no se extrañan de que en Estados Unidos se pida
a la prensa que no difunda los comunicados islamistas, o que sometan
sus informaciones a una revisión previa a su publicación.
Son dos casos de censura diferentes en sus formas pero similares
en su moral y en sus resultados: ignorancia y fanatismo; opresión
y falta de libertad.
Desde aquí no sabemos qué se está censurando
en los países árabes, pero nos resulta sorprendente
que en las emisoras de radio de los Estados Unidos se prohíban
canciones de los Beatles porque hablan de comprar unos billetes
de avión o se obligue a cambiar fragmentos de películas
como Spiderman en la que las Torres Gemelas aparecían reiteradamente.
Si los talibanes obligan a sus mujeres a ir cubiertas con el burka,
a todos nos parece terrible, un atavismo cultural inconcebible;
pero que una mujer española, italiana, rumana, portuguesa
y de decenas de países democráticos y supuestamente
desarrollados, deba guardar luto por un marido o por un padre y
vestir de negro durante años, sin salir a la calle más
de lo imprescindible, es aceptable. Que, según las últimas
estadísticas oficiales, en Gran Bretaña una de cada
cuatro mujeres sufra malos tratos no parece levantar protestas ni
alarmas de ningún tipo. Nadie habla de cómo en los
países anglosajones los jóvenes son expulsados de
sus casas masivamente al acabar la edad de la enseñanza obligatoria.
Como siempre una doble moral está en el origen de una aceptación
o recusación de las normas y reglas de otras culturas.
En los Estados Unidos la conocida Primera Enmienda presupone el
amparo absoluto a la libertad de expresar opiniones y difundirlas,
de editar cualquier tipo de publicaciones (hasta instrucciones para
asesinar, fórmulas químicas de explosivos, etc.),
sin embargo el senador MacCarthy puso en marcha la mayor caza de
brujas en la historia del cine, arruinando carreras y vidas de actores,
guionistas, y todo tipo de técnicos; otro senador, Jesse
Helmes, censuró y descalificó a algunos de los más
importantes artistas actuales. El, en otro momento aclamado ex alcalde
de Nueva York, Rudolf Giulianni, se encargó personalmente
de desacreditar, prohibir y penalizar el arte contemporáneo
durante su mandato como alcalde de la Gran Manzana hasta extremos
insospechados en el mundo cultural de la ciudad estrella de la vanguardia
artística. Sin embargo, el actual alcalde de la misma ciudad
ve amablemente prohibida su presencia en la cabalgata
de las fiestas de la población italiana por presentarse con
dos actores de una serie de TV sobre una familia de mafiosos. Censura
para todos los gustos. Y más. Son algunas de las increíbles
contradicciones que vivimos cotidianamente en la sociedad actual.

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