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(Fragmento)
Charles Green
La tercera mano: colaboración y arte contemporáneo
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ROSE FARRELL & GEORGE PARKIN,
Anatomical Dog, de la serie A Thousand Golden Remedies, 2000
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La colaboración es una metaetiqueta.
La colaboración no es tanto una modalidad de producción
como una trayectoria clave del arte desde finales de los años
60 hasta hoy. Hay tres tipos generales de autoría en colaboración,
en los que la autoría compartida es una estrategia para convencer
al público de nuevas concepciones del arte y la identidad,
frente a las colaboraciones o colectivos en los que se preserva
una idea convencional del arte realizado en el estudio. Desde finales
de los años 60 hasta hoy ha habido una transición
desde una idea de la identidad y el trabajo artísticos según
la cual los artistas eran creadores de objetos de arte autónomos
a una idea del artista como figura que surge de diversos
métodos de producción y no como creador de objetos
de arte unificados por una marca de identidad o estilo. Esta figura
es una herramienta, y no es ni una verdad ni una presencia codificada
en el núcleo de las obras de los artistas.
¿Qué es lo que enlaza las colaboraciones de los años
70 con el arte que se hace hoy? ¿Carecen los años
70 de continuidad con el arte contemporáneo? ¿Cómo
y por qué llegaron algunos artistas como Marina Abramovic
y Ulay a una concepción del yo y de la identidad tan diferente
de la de sus colegas posmodernos de los años 80, a pesar
de que sus obras se alejen de una insistente intencionalidad para
dirigirse hacia una lectura sin restricciones? Aunque los artistas
que trabajaban en colaboración estaban volcados en una compleja
relativización y reforma del yo que exigía un proceso
de negación, no se limitaban a dejar que el significado se
fuese a la deriva. Todos, cada uno a su manera, apelaban a un terreno
subyacente a la significación cultural que no se basaba en
una apelación al fetiche de la subjetividad artística
personal. Dicho de otro modo, podemos rastrear otra genealogía
para los conocidos temas que dieron forma al arte posmoderno cuando
surgió como estilo en la década de los 80. Pero, sin
duda, y a diferencia de recientes historias revisionistas del arte
conceptual como Global Conceptualism: Point of Origin, o Conceptual
Art de Tony Godfrey, no creo que subrayar una transición
ordenada desde los conceptualismos de los años 70 al arte
posmoderno tenga el menor valor explicativo. Con todo, los mismos
temas, identidades y métodos de trabajo que podemos encontrar
en las colaboraciones artísticas durante los años
70 resurgen desde mediados a finales de los 90 entre artistas más
jóvenes tan diferentes como Jane y Louise Wilson, Group Irwin,
el grupo danés de activismo ecológico Superflex y
muchos más. La lista es inmensa, y el movimiento de escapar
a los límites discursivos, más allá de divisiones
estables entre artista y obra de arte, para adentrarse por nuevas
formas de actividad no-polémica, debería resultarnos
inmediatamente familiar.
En los primeros momentos del arte conceptual de Joseph Kosuth,
Ian Burn y Mel Ramsden -que después habrían de ser
por un tiempo, todos ellos, miembros de Art&Language-, la implicación
en colaboraciones artísticas era parte integral de su obra,
y la colaboración estaba inscrita en su arte. Por debajo
de esto, si nos preguntamos por la figura inscrita del artista se
modifica nuestra idea de la relevancia de ese arte conceptual. El
distanciamiento del yo era una constante. Viene indicado por la
relación negativa del artista con las cualidades de la poesía
y de la pintura, signos de la personalidad subjetiva individual
que rechazaban tanto en sus escritos como en su trabajo colectivo.
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KOMAR & MELAMID, De la serie
Naked Revolution portfolio, 1996-97.
Collage, 51 x 41 cm.
Cortesía de los artistas y Ronald Feldman Fine Arts,
New York
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El uso de otros para que llevasen sus obras a cabo fue crítico
para la transición de Joseph Kosuth desde las proposiciones
tautológicas a las yuxtaposiciones discursivas del texto
en contextos extra-artísticos realizados con ayuda de otros.
La permeabilidad discursiva de situaciones extra-artísticas,
bajo la forma de las decisiones que iban tomando por él empleados
y agentes y, más adelante, de la considerable autoridad y
estatus icónico de los autores de los que se apropiaba, permitían
a Kosuth derrotar a la pintura y, de este modo, deshacer
las cadenas de la firma y la expresividad individuales. El abismo
entre sus Investigaciones de finales de los años 60 y las
redes de texto de mediados de los años 70, sin embargo, es
inmenso, y guarda una profunda relación con la opacidad de
sus primeras obras, con su resistencia a que el lector las identifique.
Sus instalaciones arquitectónicas basadas en textos, a partir
de la serie Text/Context, son metonímicas en relación
con sus archivos pero no tienen ante todo carácter de índice,
pues, aunque nunca vemos los textos que hay en su obra como siendo
de Kosuth, aun cuando sean de Kosuth, leemos
los textos, incluso sus textos cancelados, y después nos
rendimos inevitablemente a la identificación narrativa. En
sus obras tempranas, Kosuth quería crear un arte anti-visual
de proposiciones, pero descubrió, creo, que el resultado
no era lo suficientemente capaz de producir una visualización
mental o una memorización. Vaciar el arte hasta devolverlo
a una función de índice había eliminado las
herramientas mismas que utiliza la mente para retener recuerdos:
formas icónicas y metonímicas. En cierto sentido,
se vio obligado a aprovecharse de lo retiniano, en forma de espacios
arquitectónicos reales, para permitir que se leyera su potencial
operativo más amplio, a pesar de que en sus escritos el artista
admite y a la vez disminuye la considerable diferencia que hay entre
su obra anterior y la posterior.
Ian Burn y Mel Ramsden escribieron obras que intentaban
ocupar una zona entre el arte y la teoría. El marco extraartístico
de estas obras -conspiración, estratagemas de facciones y
autoría colectiva-distaba de ser insignificante, ya que permitía
desechar una idea simple del yo. Sus métodos
burocráticos no eran meros productos disfuncionales de las
personalidades de los artistas o de su hiper-consciencia histórica;
la impersonalidad corporativa creaba el aura de autoridad crítica
experta y modernidad propias de artistas cuya relación con
la práctica convencional del estudio era cada vez menor,
y que descubrían que este personaje era una herramienta de
suma eficacia para controlar las enormes inversiones de los artistas
en la intencionalidad. Carente de un modelo fijo de producción
y, a menudo, encubriendo ambiguamente la figura del artista individual
con identidades colectivas conspirativas, eficaces e intimidatoriamente
cultas, el arte conceptual ofrecía una movilidad crítica
dentro de la cual los términos de la identidad -ya fuera
geográfica o de autor- cambiaban de obra a obra según
el contexto y según la oportunidad, cuidadosamente planeada.
En las obras posteriores de Kosuth, las palabras eran subsumidas
por el lugar que ocupaban en una cadena de formas arquitectónicas
y lenguajes regionales, a diferencia de su posición en el
seno de una tautología. Las formas arquitectónicas
se redefinían según cadenas de texto como una composición
pictórica. También ésta habría de ser
la dinámica de los paisajes que haría Ian Burns más
adelante.
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BLEDA Y ROSA, Hall de las columnas,
Cnossos, 2001
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A mediados de los años 70 había
quedado claro otro tipo de colaboración artística:
colaboraciones basadas en familias o parejas que trabajaban como
equipos de investigación antropológica o arqueológica
con un articuladísimo, incluso retórico, sentido de
la perspectiva histórica y la memoria, pero detrás
de un velo de semi-anonimato estilístico. La memoria se puede
distinguir de la iluminación mental; ésta es la diferencia
que Kosuth y, más adelante, la Boyle Family, Anne y Patrick
Poirier y Helen y Newton Mayer Harrison se encontraron al pasar
de los silogismos a los paisajes de la memoria, alejándose
de lo indicial y de las señales indiciales individuales y
certificables para acercarse a un arte sin una marca de identidad
o estilo. Estos equipos presagian el rechazo posmoderno de la frecuente
ruptura del modernismo con la tradición y la historia; les
obsesionaba la identificación del sujeto con la historia
y la memoria, y reconstituyeron una figura ficticia del artista.
La Boyle Family rechazaba con firmeza la etiqueta de romanticismo,
insistiendo en lo precisos que eran y en que no creían en
la utilidad de identidades artísticas individualistas y tradicionalmente
expresivas. Anne y Patrick Poirier veían la memoria no como
un escenario alegórico -como cabría haber supuesto
considerando que sus enormes recreaciones de ciudades procedían
de la antigüedad- sino como un paisaje simbólico de
iconos cuya colocación buscaba crear un efecto mnemónico
pero que ocultaban la revelación que ofrece la recuperación
arqueológica. La ciudad inventada de los Poirier, Ouranopolis
(1995), es una enorme nave espacial que se cierne en el aire y cuyas
rebuscadas ventanillas dan, desde múltiples perspectivas,
a Ouranopolis, la Ciudad Celestial, una ciudad del período
clásico que ha sobrevivido como aldea hasta nuestros días
y que fue construida a la entrada de la península del sagrado
Monte Athos por uno de los sucesores de Alejandro Magno. Los Harrison,
concretamente, no consideraban que la memoria del sujeto contemporáneo
estuviera necesariamente fragmentada: la actividad de leer, en su
opinión, está fragmentada pero también es ética.
El trabajo en colaboración y colectivo también era
ético; leer, por tanto, es como la colaboración artística,
porque ponerse en el pellejo de otro implica asumir una perspectiva
ética a largo plazo.

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