(Fragmento)

Cabello / Carceller
En las distancias cortas. Anotaciones sobre la creación artística en colaboración

BERND & HILLA BECHAR, Blast Furnaces, 1985

“El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida en que ésta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, dicho de manera más noble, de la “persona humana”.
Roland Barthes

“Lo personal es político”.
Slogan del Movimiento feminista en los 70


1.
Diferentes culturas, diferentes mitologías. La construcción de los mitos es un proceso lento, un trabajo minucioso que se realiza a lo largo del tiempo y que no concluye hasta que éstos consiguen asentarse en el ideario colectivo, hasta que parece que nunca otra alternativa fue posible. Después sólo hay que cuidar los mitos, generar una infraestructura sólida para mantenerlos, publicitarlos y preservar su capacidad de seducción lo más intacta posible. Es difícil para los individuos rebelarse ante las mitologías adquiridas y descubrir su carácter de construcción cultural. Es más difícil aún cuando se trata de proponer alternativas a sistemas de pensamiento que comenzaron intentando liberarnos de las ataduras, buscando otros caminos para la mente y para la acción creadora, pero que, al final, pueden llegar a convertirse en cárceles ideológicas, en espacios nuevos tan impositivos como aquellos de los que se pretendió salir. Y es todavía más complicado cuando el nuevo mito es lo suficientemente seductor como para terminar exportándose a otras culturas. Occidente se inventó un gran mito, uno de los más atractivos. En un espacio de pensamiento laicizado carente de dioses creíbles, se descargó toda la responsabilidad creadora sobre el individuo y el artista fue transformado en el genio transmisor de un conocimiento demiúrgico. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, con el Romanticismo, la visión del artista como transmisor del conocimiento divino llega a su máximo exponente, en palabras de Novalis, uno de los grandes poetas románticos: “Poeta y sacerdote eran uno al principio, y sólo en tiempos posteriores se separaron. Pero el verdadero poeta es siempre sacerdote, del mismo modo que el verdadero sacerdote ha permanecido siempre poeta. ¿Y no debería el futuro hacer renacer la antigua condición?”. Esta visión idealizada del artista persiste aún en el subconsciente colectivo.

GENERAL IDEA, Nazi Milk, 1979

Al igual que ocurre con el proceso de construcción, la modificación de los mitos que conforman nuestro imaginario suele ser siempre lenta, el pensamiento no cambia con la celeridad con la que surgen los nuevos descubrimientos tecnológicos. Los avances científicos cohabitan con una mentalidad colectiva conservadora que se pliega sobre sí misma y que, de hecho, reacciona rápidamente ante las ideas que intentan modificar en lo esencial las estructuras sociales que nos sustentan. A mediados del siglo XX se produjeron cambios sustanciales en el pensamiento y en la manera en que se contemplaba y se realizaban las acciones creativas, se plantearon incluso modificaciones radicales y hasta utópicas, pero estas alteraciones del orden establecido distan mucho de haber sido asumidas y todavía no se ha generado para ellas una infraestructura que permita su subsistencia. Todo el entramado que rodea al hecho artístico persiste en intentar recrear un pasado que es idealizado, este entramado acepta los nuevos postulados como inevitables, pero los rechaza activamente si no entroncan con la tradición. El artista sigue siendo, en lo fundamental, un ser anclado en el Romanticismo, un individuo dotado de una capacidad innata de penetración en la Naturaleza, poseído por el Arte (una entidad abstracta e inexplicable) y que trasmite una verdad ulterior como si fuera un médium. El tono enfático de los artistas y escritores románticos se ha matizado considerablemente, pero la idea que sustentaban ha persistido transformada en una fantasía colectiva. En palabras de Christine Battersby, “los post-estructuralistas nos aseguran que el autor ha muerto, añadiendo sus voces a las generaciones anteriores de críticos marxistas que han debilitado la autoridad y aislamiento del autor único. Pero en la cultura popular seguimos encontrando el viejo vocabulario y la figura del artista como héroe, tan vivos y saludables como siempre”.

A finales de los años 60, en su influyente texto La muerte del autor, el teórico francés Roland Barthes planteaba un desplazamiento en la autoría de la acción creadora: “Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura”. Este desplazamiento trasladaba la atención del autor al texto y de este al lector, situando al autor del texto como un producto del devenir histórico de su sociedad y reduciendo así su papel al de mero instrumento de transmisión cultural. Por supuesto, la desaparición o, mejor dicho, el enmascaramiento del autor implicaba también la desaparición del aparato crítico que lo sustentaba. Los textos de Barthes, inicialmente escritos dentro del ámbito de la literatura y de la crítica literaria, encontraron un rápido eco en el mundo de las artes visuales. Matando teóricamente al autor se abrió una puerta que liberaba la acción creadora de la autoría trascendental y que acercaba al artista a la sociedad permitiéndole bajar de los altares. En aquellos años, la colaboración entre artistas se planteó desde numerosos ámbitos como una acción con connotaciones políticas e implicaciones sociales; eran unos años en los que sí se cuestionaba el papel que desarrollaban las estructuras construidas en torno al autor para validar la obra. Museos, galerías, publicaciones... eran presentados como un mecanismo de control generado y protegido por el poder político y económico. Los artistas buscaban nuevos caminos, alejándose de los ámbitos del poder y acercándose a la sociedad. En cierto sentido, podríamos decir que se intentaba lograr una humanización del arte.

GUERRILLA GIRLS, Get Naked,1989-2002

Actualmente, la escena artística ha cambiado de nuevo para revalorizar el poder de los museos y las estructuras que controlan la producción artística, pero, una vez abierta una vía, no es tan fácil cerrarla, no del todo al menos. Junto a los pensadores post-estructuralistas como Barthes surgieron otras formas de pensamiento que también cuestionaban el papel desarrollado hasta el momento por el Arte y por los artistas. El mundo del arte era un mundo cerrado para las diferencias, un mundo elitista legitimador no sólo del sistema de creencias patriarcal, sino también heredero de las políticas coloniales. Las mujeres no encontrábamos un lugar en ese sistema, no más allá del papel de amante o consorte y, si bien se estaba presente en el momento creativo, tanto los críticos de arte más relevantes como los museos y los historiadores borraban de un plumazo la existencia y el influyente papel desarrollado por las mujeres artistas: al final, el genio creador masculino permanecía intacto en su urna de cristal. Por ello, y paralelamente a experiencias como la de la Art Workers Coalition (AWC) que reuniera en Nueva York a artistas, críticos y estudiantes preocupados por cómo afectaban al trabajo de los creadores las políticas comerciales y museísticas, se crearon grupos alternativos como Women Artists in Revolution (WAR) que protestaban por la exclusión de las mujeres artistas de los museos. Esta implicación política de las y los artistas y este ser conscientes de que formaban parte de una sociedad y de que el mundo del arte no sólo reproducía las miserias de ésta sino que, en algunos casos, les daba cobertura teórica, trajo consigo el cuestionamiento absoluto de la figura del artista como un individuo aislado, redujo las distancias con otros modos de producción artística rompiendo las barreras existentes entre las diferentes disciplinas y originó la formación de grupos y colectivos de trabajo, creándose un clima que potenciaba la interacción constante entre los creadores.