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Editorial
Rosa Olivares
Casas de papel
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IGOR MISCHIYEV, de la serie Multi
Story Car Park, 1998-2001
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La creación del paisaje como concepto
artístico es, sin duda alguna, responsabilidad de la pintura. Ella
hizo de la naturaleza un tema, del paisaje un género. Un género
que atraviesa la historia de la cultura, tanto de la occidental
como de la oriental. El paisaje se creó, se reprodujo, se inventó
y se modificó desde los talleres de pintura más celebres de cada
período. La naturaleza reflejaba aspectos dramáticos, mágicos, religiosos,
pero rara vez se pintaba un paisaje cómo realmente era; es más,
la gran mayoría de los paisajes más famosos de la historia de la
pintura nunca existieron así. Se pintaba, primero de memoria, después
a partir de unos bocetos, sólo finalmente los pleinaristas
se instalarían en el campo para pintar en directo… y la fotografía
muy pronto les sustituiría. De hecho, es con la fotografía cuando
el paisaje que nos ofrece el arte es cierto y constatable, al menos
por un tiempo.
La pintura se inventaría un paisaje
ideal, falso, lleno de enfoques y lugares, cuevas y frondas que
nunca existieron, mezclando en el lienzo elementos de la memoria
y del deseo, de los sueños y de las necesidades sociales. Se estaba
creando el concepto de ‘paisaje pintoresco’: un paisaje tan bello
que parecía pintado, es decir que era falso, mentira. Sin embargo
esta idealización, esta creación conceptual y artística se ha convertido
en referente histórico y, aún más, en modelos para la creación de
parques, jardines y para la construcción de una cultura seguramente
tan falsa como esos paisajes que siempre nos parecieron tan reales.
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AZÍZ + CUCHER, Interiors,
1999
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Pero poco a poco ese paisaje ha ido
cambiando, tanto el campo como las ciudades se han alterado con
la evolución política, económica y social de la población. La llegada
de la fotografía y su uso como lenguaje artístico y profesional
ha servido, entre otras muchas cosas, para cambiar definitivamente
la idea de género del paisaje. Si en la pintura clásica el género
refleja tímida y escasamente la creación y evolución de la ciudad,
la fotografía se encargará de reclamar para ella ese modelo cambiante
y diferente. El color, la idea canónica de belleza se verá así alterada
por la llegada de una gran variedad de conceptos estéticos en los
que el resurgir de la arquitectura será un elemento clave. El blanco
y negro y los grises, las luces y las sombras, la ausencia de personas,
el protagonismo de los edificios civiles, la idea de paisaje como
línea de edificios… Hoy en día es la fotografía la que evoluciona
y explora un género que ya es una idea: el paisaje. Y aunque la
naturaleza brusca y salvaje, solitaria y exagerada, silenciosa y
sutil, siga ocupando la mente y los objetivos de muchos de los artistas
de hoy, es sin duda la arquitectura y la ciudad, los edificios y
las calles, vulgares o especiales, vacías o con aglomeraciones de
todo tipo, la que es la novedad, y es también el paisaje característico
de nuestro tiempo y del lenguaje fotográfico.
El cine ha sido el gran escaparate de
la arquitectura ficticia, de aglomeraciones urbanas que flotan en
el aire, encapsuladas, de ciudades y edificios imposibles ¿imposibles?
El futuro siempre nos parece imposible y los avances de este futuro,
en imágenes aisladas, simples apuntes de lo que vendrá, nos aparecen
como juegos, ilusiones, planteamientos artísticos ajenos a la realidad.
La arquitectura dibujada, el proyecto, se presta a esta ilusión
como la fotografía y la pintura, como toda creación plástica. Y
en este caso una cierta incomodidad con la realidad urbana se suma
a una imaginación y unos avances tecnológicos que se desbordan cada
vez más frecuentemente.
La arquitectura es ya de por sí un subgénero
fotográfico, desde los profesionales excelentes que se dedican a
fotografiar los edificios que se construyen, trabajando al mismo
paso que el arquitecto construye, reflejando el proceso de levantamiento
de las nuevas pirámides, de los símbolos del poder y de la cultura
actual, hasta aquellos que viajan por todo el mundo haciendo un
catálogo inverosímil de calles y callejas de Tokio, Génova, Beirut,
Barcelona, Nueva York… ciudades industriales, mercados, paisajes
de riqueza y de pobreza, de miseria y de guerra, de transformación.
Retratos del mundo actual. Pero, igual que el pintor clásico comenzó
imitando a la naturaleza para entrar inmediatamente en un proceso
creativo que le llevaría a la transformación de la realidad en otra
cosa, en un paisaje ideal, imposible, romántico o trágico, kitsch
o simbólico, de la misma forma los fotógrafos actuales, auténticos
artistas sin nada que envidiar a los pintores clásicos, crean y
recrean, transforman el paisaje de su época. Igual que los artistas
de otras épocas reflejaban en sus paisajes, retratos o bodegones,
el espíritu de la época, los fotógrafos contemporáneos trasladan
al papel emulsionado o digitalizado los miedos, las fobias, la ansiedad
y la belleza de nuestra época, haciendo de la arquitectura el exponente
simbólico de un momento histórico.
El diálogo entre la arquitectura y el
resto de las bellas artes siempre estuvo vivo, realimentándose permanentemente.
Los arquitectos actuales, las grandes estrellas de la arquitectura,
son auténticos artistas, creadores de formas y conceptos habitables
que están alterando nuestra realidad, acomodándose a circunstancias
cambiantes, pero también están cambiando la imagen de las ciudades
y de los edificios, construyendo obras simbólicas, paradigmas de
nuestro tiempo. Pero muchos de estos edificios que marcan la historia
de la arquitectura moderna y contemporánea parecen imposibles, están
sacados del mundo de la imaginación y de los sueños, son obras radicales
que sobre el papel parecen mentira, son construcciones de papel
que la fotografía inmortaliza y nos acerca desde ciudades lejanas,
países nunca visitados. Son arquitecturas ficticias que se han hecho
realidad, y que son realidad porque alguien, muchos, las han fotografiado
y ese papel, esa imagen en un papel, las hace no solamente reales,
sino indiscutibles e inmortales, sobreviviendo a voladuras de todo
tipo.
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ABELARDO MORELL, Camera Obscura:
Brooklyn Bridge, 1999
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Hay otros paisajes, otras arquitecturas,
otros edificios que también existen sobre el papel pero que son
absolutamente ficticias. Creaciones de los artistas actuales, de
los fotógrafos que trasladan a su creaciones la mixtura de sueños,
obsesiones, idealizaciones y miedos con que los pintores antiguos
crearon los paisajes que hoy admiramos en los museos de todo el
mundo. Películas como Metropolis, de Fritz Lang, Blade
Runner, de Ridley Scott, o Batman, de Tim Burton, nos
muestran ciudades habitadas, lugares inexistentes, edificios que
han servido de modelos y que a la vez han sido tomados de una cierta
realidad. Reconstrucción y recreación de un paisaje de hoy y de
un mañana muy cercano, tal vez de nunca, paisajes de un lugar incierto
situado entre nuestra memoria y nuestra imaginación, un paisaje
cercano al de los sueños y las pesadillas. Estas imágenes de edificios
inexistentes a veces tienen su origen en la más auténtica realidad.
Otras veces surgen de la imaginación del artista, de su ordenador,
de su taller, de su laboratorio, de su mente. A partir de la creación
de maquetas, modelos y entornos que se fotografían haciéndonoslos
ver como absolutamente reales (Oliver Boberg) cuando son pequeñas
reconstrucciones; o ambientes enigmáticos (James Casebere) cercanos
al mundo del cine; habitaciones de piel (Aziz + Cucher); edificios
que ya no existen pero que antes de desaparecer fueron pintados,
intervenidos, recreados y fotografiados, convertidos en otro lugar,
en otra cosa (Georges Rousse); misteriosos edificios convertidos
por arte de magia informática en naves espaciales (Mario Milizia),
aglomeraciones casi reales (César Domela y Giacomo Costa) o ciudades
vacías, con las ventanas cerradas, sin carteles publicitarios ni
signos de vida (Mario de Ayguavives)…
Arquitecturas ficticias que también
alteran la idea de paisaje y de ciudad, que plantean un diálogo
perverso con la realidad arquitectónica, que practican una crítica
no sólo estética sino social, ampliando ideas y desarrollando conceptos,
quejas y miedos del ciudadano que sueña con casas imposibles en
ciudades que no existen y que viven, vivimos en casas de papel y
ciudades de humo y luz.

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