Liliana Albertazzi

En busca de la memoria

 

GEORGES ROUSSE, Vienne, 1995

Desde hace más de veinte años, Georges Rousse dota de entidad a lugares abandonados y les confiere una nueva memoria. Lugares vacíos, desiertos, medio en ruinas, a punto de ser derribados o en proceso de restauración, todos ellos a la espera de un nuevo porvenir. Georges Rousse interviene en ese intersticio entre un pasado en pedazos y un futuro planificado.

A principios de los años ochenta, el artista inventa personajes que habitan los lugares, subiendo  escaleras, trepando a falsas vigas, flotando en el aire. Enseguida, la anamorfosis aparece creando planos que interfieren con el espacio de la perspectiva. A continuación, los habitantes se instalan, en ocasiones empotrados en volúmenes ficticios creados mediante ese mismo procedimiento, hasta que en  1984, los volúmenes se hacen independientes. A pesar de que la figura humana no desaparecerá nunca definitivamente de la obra del artista, la abstracción se impondrá, transformando el proceso. Es entonces cuando el dibujo y la pintura se centrarán, cada vez más, en modelar una materia que, como contrapunto con la del propio lugar, se convertirá en materia fotográfica.

Sin duda, desde el principio, la fotografía ha constituido el medio en el que se materializa el hecho de “dar a ver” al espectador, pero desde que el artista ha poblado el lugar con sus personajes, se nos presenta en mayor medida como documento, como narración, o como un atestado de la situación. La abstracción de las formas da lugar a una nueva dimensión; en lo sucesivo, la pintura, el dibujo y, posteriormente, las construcciones afirmaran la intención del acta fotográfica. La fotografía se concentra en captar ese intersticio entre el pasado y el futuro al que nos referíamos al principio y al que Georges Rousse parece querer dotar de materialidad.

GEORGES ROUSSE, Argentan, Maison de Fernand Léger, 1997

Querer captar ese instante puede parecer pura ficción, pero la utilización de la anamorfosis se deriva de ese tipo de propuesta. Fue Baltrusaitis el que afirmó en su célebre ensayo sobre este tema que “el procedimiento se establece como una curiosidad técnica, pero contiene una poética de la abstracción, un potente mecanismo de ilusión óptica y una filosofía de la realidad artificial”. Y añade más adelante: “Ésta (la anamorfosis) constituye un subterfugio óptico en el que lo aparente eclipsa a lo real”. En conversación con Jocelyne Lupien, Georges Rousse afirma no reconocerse en la acepción que el diccionario le da al término anamorfosis. Y, en efecto, el artista no pretende transformar el objeto en algo irreconocible, en cambio,  su interés por este método parece responder a la definición adelantada por Baltrusaitis.

A propósito de la “poética de la abstracción”, recordaremos una vez más cómo ésta ha provocado una nueva mirada respecto a la arquitectura. El desmembramiento y la recomposición que propone la anamorfosis abarcan el mismo campo semántico que la poesía. De hecho, Georges Rousse hará explícita la extrapolación en las numerosas obras en las que hace uso de las palabras y donde la poesía establece el vínculo con la arquitectura. En la conversación mencionada anteriormente, el artista también nos dice que es capaz de “habitar un lugar” de forma efímera a través de la poesía. En Embrasure IX -obra que forma parte de la serie cuyo título hace alusión a la estructura de los vanos y, por lo tanto, en la que el objeto fotografiado predomina sobre el lugar-, en un rótulo, Rousse sustituye el dibujo por la escritura para describir el lugar. En otras obras, una sola palabra se extiende letra a letra, habitación por habitación. A propósito de estas obras, el artista observa: “Cada una de las letras pintadas sobre un muro tiene como objetivo aplanar el espacio. Se trata del contrapunto a la anamorfosis que opone lo plano del dibujo a la perspectiva”. (...)