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Victoria Soto
Expresiones de la fiesta
La fiesta es, ante todo, memoria.
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ANÓNIMO, Fiestas de San
Fermín en Pamplona: el encierro, ca. 1926
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Ser partícipes de su alegría y goce no es suficiente.
Requiere del recuerdo, y también del comentario, de la narración,
de la difusión. Necesitada de un eco, la fiesta exige pervivir
en la memoria y sólo así se hace perdurable. O sólo
así se consigue conocer su esencia multiforme.
La fiesta recuerda el pasado. Se convierte en efeméride
y se ofrece como calendario. Mide y ordena el tiempo. Un programa
de fiestas estructura y organiza nuestras vidas, festivos y domingos,
bodas, bautizos y comuniones, onomásticas y cumpleaños,
navidades, carnaval y semana santa, viajes y vacaciones, citas,
encuentros y despedidas, contratos y ascensos, banquetes y guateques...
Un programa igual de sincopado marca los hitos de la narración
histórica. Relieves de la Antigüedad atestiguan las
primeras estructuras rituales, procesiones, comitivas y triunfos.
Sus mitos nos hablan de los componentes básicos de la fiesta:
la música y la danza, la comida y la bebida, la competición
y el certamen. Las miniaturas y crónicas medievales revelan
esta herencia del disfrute colectivo en torneos y cabalgatas, pero
precisan ya la diferencia religiosa y profana marcada por el cristianismo.
Dibujos del Renacimiento, como los bosquejos que realiza Leonardo
para los artilugios de los festejos milaneses de los Sforza, son
significativos del fasto más elitista, el cortesano. Los
textos impresos del Barroco son reveladores de que la fiesta alcanza
con la fusión artística cotas de ostentoso desarrollo.
Noticias del diario, lienzos pintados o fotografías de los
siglos que nos anteceden recuerdan todavía esa vieja y apasionada
creencia, la integración de las artes. Carteles anunciadores
y programas de ferias y fiestas son también testimonios de
que celebraciones y festejos regulan nuestro tiempo y nuestra historia.
Hoy, más que nunca, los medios de comunicación siguen
siendo explícitos a la hora de dejar constancia de este hecho
transitorio, la fiesta; reflejo, símbolo y leyenda de la
civilización, un fenómeno difícil de atrapar.
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YASUMASA MORIMURA, Angels descending
the Staircase, 1991
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La Edad Moderna hace consciente al hombre de que la palabra escrita
es un testigo perfecto de la imagen y el acontecimiento festivos.
La invención de la imprenta favorece un género literario
específico, un género confuso, muy próximo
en ocasiones a la ficción, el de las relaciones de sucesos
y relaciones de fiestas. Una literatura afectada, ni verídica
ni falsa, encargada de transmitir detalladamente las crónicas
y vicisitudes de numerosos festejos europeos, tanto públicos
como privados. Ningún festival de importancia durante los
siglos del Barroco se organizaba sin tener en cuenta la correspondiente
edición impresa. Con estampas o sin ellas, esta literatura
propaga la propia existencia de la fiesta, para que "sepan
la verdad... en los siglos venideros", una verdad a medias
que redunda en elogios y que, no obstante, consigue reflejar su
imagen y, sobre todo, la opinión que se deseaba difundir
y compartir del acontecimiento. Es una literatura portadora de valores,
pero también maligna apología.
Más allá de la palabra impresa, la fiesta es trazo
en el aire, gesto y pirueta. Signo de movimiento y vida, de desinhibición
y erotismo. Pocas fiestas ignoran la danza. Se asoma desde las épocas
más heroicas y es argumento privilegiado de los testimonios
plásticos. ¡Dandaz, danzad, malditos!. Es frase
casi bíblica, premonición negativa o aviso de castigo
para adoradores impíos de un becerro de oro, para los habitantes
brutales de Sodoma y Gomorra, pero sentencia ineludible. Tras la
danza está siempre la música, otro de los componentes
esenciales de la fiesta. La pirueta se enriquece si tiene la compañía
de acordes y compases, y ese sonido se hace baile colectivo, una
de las grandes diversiones de todos los tiempos y todas las clases
sociales. (...)

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