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Rosa Olivares
Hasta que el cuerpo aguante
(Entrevista con Cristina García Rodero)
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CRISTINA GARCÍA RODERO,
Love Parade, Berlín, 1999
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Dicen que una fotografía te hace inmortal. Que cuando quedas
fijado en ese pedazo de papel que, entre magia y técnica,
es una fotografía, ya no mueres nunca. Posiblemente quien
haya dicho esto pensaba en alguno de los miles de personajes que
aparecen en la obra de Cristina García Rodero. Son una legión
de hombres y mujeres, niños eternamente risueños,
sonrisas y gestos congelados para siempre, que brillan otra vez
cuando se les mira. Pero hay también mucha tristeza, tal
vez la inevitable tristeza de saber que la eternidad no está
hecha para la alegría, que todo fue apenas un momento fugaz,
tal vez la tristeza que viene después de la alegría.
No parece que pueda haber placer sin dolor, alegría sin tristeza.
Como en la fiesta más alegre, después de las risas,
de la comida, de la bebida, de las carcajadas, del baile, después
viene una resaca que nos deja la boca, el estómago y la cabeza
vacías y tristes. Después de la fiesta en las calles,
a la mañana siguiente, sólo queda basura, aunque lo
que se celebrase fuese una fiesta de vida y amor.
Cristina García Rodero sabe mucho de fiestas. De alegrías
y de tristezas. Sabe mucho de la gente. Ella ha viajado desde hace
muchos años por pueblos y ciudades de España y de
todo el mundo. Como un titiritero, de pueblo en pueblo, de fiesta
en fiesta, de sonrisa en sonrisa, ha sido testigo de rituales de
vida y de muerte, de fiestas sacras y paganas, públicas y
privadas. Porque, al final, todas ella conviven en cada una y en
todas. La fiesta puede ser de todo un pueblo, de un millón
y medio de personas en un sólo lugar, o de dos que bien se
quieren y pueden reír y bailar y disfrutar de espaldas a
todo. Porque la fiesta es olvidarse de todo, enloquecer, hacer algo
diferente, o al menos vivirlo de una forma especial. Cumpleaños,
nacimientos, bodas, reencuentros, triunfos, fechas típicas,
desde la puesta de largo de las adolescentes de clase alta o la
'fiesta de los 15' entre las quinceañeras de Latinoamérica,
hasta el baile de los jubilados, todo puede ser una fiesta.
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CRISTINA GARCÍA RODERO,
La Tabúa, Zarza de Montánchez, Cáceres,
1985
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La mirada de García Rodero ha estado atenta a las inflexiones
de los cuerpos, a las sombras de las sonrisas, a los fragmentos
de escenas dentro de otras escenas, ha sabido captar el detalle
individual en grandes celebraciones, rescatando a las personas de
entre las masas y los tópicos. Personas que bailan y ríen:
que en ese momento, al menos, fueron felices
aunque después,
como siempre después de la fiesta, cada cual vuelve a su
lugar y a la vida cotidiana y anodina. Ganadora en 1996 del Premio
Nacional de Fotografía, y de los premios internacionales
más importantes, profesora adorada por sus alumnos, fotógrafa
admirada y querida por casi todos, Cristina García Rodero
parece encontrar finalmente un lugar entre los nombres importantes
del arte español actual, no sólo de los fotógrafos
españoles. Su presencia en la última Bienal de Venecia,
en la selección de artistas de Harald Szeeman ha sido uno
más de los reconocimientos, tal vez el más público,
que el arte internacional le ha hecho. Su exposición sobre
Haití en Madrid el pasado año significó un
nuevo reencuentro con un público fiel y con un sector profesional
cada vez menos proclive a fiestas y alegrías. Pero ella,
fiel a sí misma, sigue su línea y su estilo de vida
y trabajo, planteándose que, tal vez, ya sea el momento de
empezar a medir las fuerzas, de pensarse dos veces un viaje, de
no aceptar más encargos, de tomarse la vida y el tiempo para
ella y no para la fotografía y para todos sus personajes.
¿No te cansas de hacer fiestas y rituales por todo el mundo?
Yo es que tengo mucha capacidad de aguante, tengo muchísima
paciencia y tengo ilusión. Me viene por parte de madre, que
la recuerdo siempre con los ojos llenos de ilusión, todo
le gustaba, todo le parecía maravilloso, no se quería
perder nada. Esa ilusión que siembre tuvo mi madre yo creo
que también la tengo. Pero sí, es verdad que según
los años van pasando no es que pierdas la ilusión,
pero es que ya no tienes las mismas fuerzas y hay otras muchas cosas
que también te interesan, te das cuenta que ya no tienes
toda la vida por delante y que, en el mejor de los casos y si la
vida te trata bien, te quedan unos cuantos años. Y yo no
quiero que mi vida esté tan llena de viajes y de reportajes
en vez de otras muchas cosas más
, y este aprovechamiento
del tiempo, y no la pérdida de la ilusión, será
lo que ponga límites a este trabajo. (...)

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