|
EDITORIAL
Rosa Olivares
Después del ruido
|
|
PAUL M. SMITH, Make My Night,
1998
|
La alegría se va apagando poco a poco, como los farolillos
de una verbena popular. Llega el momento de terminar la fiesta.
Cuando llegamos a esta conclusión la realidad es que la fiesta
ya se acabó hace tiempo y sólo algunos resistentes
se empeñan en revivir lo que ya es un muerto. Es el momento
de recoger e intentar llegar a casa, a cualquier casa, incluso con
un poco de suerte, a la nuestra. Tal vez de intentar tomar la última
copa -algo muy español y posiblemente impensable en cualquier
otro lugar del mundo cuando todo parece cerrado y estamos solos
en medio de una ciudad a punto de despertar. La fiesta acabó
y con ella se acabó la felicidad desenfrenada y algo artificial
que produjeron los preparativos: el vestido, la comida y la bebida,
el adorno de la casa, de la calle, las ilusiones
si se celebraba
un cumpleaños, ya pasó, si era una boda los novios
empiezan una vida que pronto será vieja. La fiesta se acabó
y vuelve la normalidad, la rutina, el deseo y la espera de la próxima
fiesta.
En la fiesta existen una serie de elementos comunes y definitorios,
sin los que una fiesta no lo sería, habría que buscarle
otro nombre. En primer lugar está el carácter extraordinario
de lo que se festeja, una excepción a la regla de la vida
cotidiana: una boda, el fin del invierno, un nacimiento, una festividad
religiosa (Navidades, fin del Ramadán...), incluso ya, ávidos
de fiesta, celebramos desde hace tiempo el viernes por la noche,
el fin de una semana de trabajo e inicio de un fin de semana de
ocio. En definitiva se trata de excepciones tan vulgares como la
cotidianeidad de la que se huye, son hechos repetitivos, que llegan
a su tiempo previsto, que a nadie sorprenden: todos saben las fechas
de los eventos religiosos, nadie se asombra de que el 25 de diciembre
sea otra vez Navidad. Las bodas se preparan con meses, años
de antelación; la cosecha se recoge siempre en las mismas
fechas y los cumpleaños son siempre, para cada cual, el mismo
día todos los años. Después de cada jueves
viene el viernes, y detrás de todos los domingos hay, inevitablemente,
un lunes. No hay sorpresas en la fiesta, todo está anunciado,
todo está previsto. Incluso su propio ritual, cada fiesta
el suyo, sigue siempre el mismo o parecido ritmo, el mismo planteamiento,
desarrollo y la misma conclusión.
|
|
ROBERT CAPA, Biarritz, Francia,
Agosto, 1951
|
Antiguamente se celebraban los ritos relacionados con la vida y
la muerte, con el resurgir del calor y de la vida, la llegada del
invierno, y también, cómo no, la llegada de la noche
invernal. Se celebraban las bodas y bautizos como momentos de vida
y renacimiento, de alegría
pero también se celebraban
las muertes, claro que de otra manera, pero siempre, desde que el
hombre es hombre, e incluso posiblemente antes, toda fiesta acaba
en desenfreno. Un desenfreno a veces orgiástico, a veces
destructivo, producto siempre del abuso de sustancias como el alcohol
o las drogas que derivan hacia el exceso en la comida, el sexo,
el baile, el movimiento, la violencia. Hoy en día se celebra
todo, desde el entierro de la sardina hasta el día del orgullo
gay, sin olvidar el día de la Constitución, el de
la Madre y / o el del Padre, el de la Hispanidad, Acción
de Gracias, por supuesto el día del trabajo, el de la mujer,
el del niño
en fin, si sumamos estas fiestas a los
domingos, sábados, santoral de cada país
llegaríamos
a la conclusión de que tal vez la excepción sean los
días en los que se trabaja.
La verdad es que el hombre se ha pasado la vida festejando o preparándose
para festejar. La fiesta es una vía de escape natural y espontáneo
y solamente la cultura y la llamada civilización ha ido poniendo
reglas, fechas, costumbres
puertas al campo. Hoy en día
ya prácticamente todo está reglado y solamente la
fiesta privada, íntima, casi clandestina, puede escapar a
esta sed festiva populista y escandalosa que parece inevitable a
todas horas y por cualquier motivo.
Sin embargo, la fiesta tiene lugar en un territorio mágico.
Un lugar inexistente antes y después de su celebración.
Es un espacio en el que las leyes cambian; en el que los ricos y
los pobres pueden beber, todos, en vasos de plástico. Poderosos
y humildes, jefes y empleados, listos y tontos, guapas y feas, comparten
ese lugar sin nombre que no aparece en los mapas. Se diría
que es un oasis, una isla de felicidad y ruidos, de alegría
y colores, donde todos parecen estar bien, por lo menos en algún
momento. No rigen las mismas leyes, ni los horarios son iguales.
Incluso en ocasiones no hay que pagar por lo que se consume y lo
imposible puede ocurrir en cualquier momento. En el carnaval, o
en una simple fiesta de disfraces, esta alteración de los
hábitos y leyes existentes en la realidad cotidiana se exagera
hasta lo máximo: aquí se permite, sin menoscabo de
dignidades ni pudores, que el hombre se vista de mujer, que la decente
casada sea infiel por una noche, que el más rico vista de
harapos, incluso que el rey vaya desnudo. En la alegría de
la fiesta el sexo se libera, los niños beben y los viejos
bailan, la rigidez de las costumbres y la moral se relaja, aunque
sólo sea por unas horas, y después, cuando ya la noche
se acaba, todo vuelve a su lugar, la pintura de las caras se deshace
y los disfraces se convierten en trapos ridículos.
|
|
ERWIN OLAF, Dancefloor, de
la serie Paradise ,The Club, 2001
|
Esta transformación mágica, como si viviéramos
un cuento infantil de la Cenicienta o fuéramos de visita
al País de las Maravillas, es algo característico
de una celebración festiva: la ropa, la decoración
y las maneras de tratarse se alteran y a veces se invierten. La
permisividad sustituye a las normas sociales. Las diferentes formas
de enfrentarse a la sexualidad nos muestran una sociedad desvergonzada
donde unas horas antes todo era pudor y contención. La ridiculización
de los iconos sociales, como el poder político, la autoridad,
los ricos, el dinero, la fama y los famosos, es algo sistemáticamente
repetido en los disfraces o en las Fallas. La ironía y la
crítica están presentes en prácticamente todos
los tipos de fiesta, desde una boda -en la que se cortan los calzoncillos
del novio y se subasta la liga de la novia y en la que el sexo es
como una nube de algodón sobre las cabezas de todos los invitados-
hasta una fiesta popular, una celebración de un triunfo deportivo
o cualquier otra explosión de alegría que cada vez,
en una sociedad fuertemente cuadriculada como la occidental, es
más masiva y más organizada.
Otra de las características de toda fiesta es la desazón
que deja tras de ella. Esa sensación de que hemos perdido
algo valioso, un agotamiento físico inexplicable, una borrachera
de alegría, ruido y palabras que nos deja vacíos y
secos. La casa o la calle sucia (ahora en las fiestas populares
las basuras del 'día después' se miden por toneladas)
es el colofón de cualquier fiesta. Particularmente sorprendente
resulta ver lo mal que se lo pasa mucha gente en las fiestas: esas
borracheras pioneras que dejan víctimas ya en los primeros
momentos de fiesta y alegría; la frustración de tantas
personas que aportan expectativas excesivas, que centran en la fiesta
todas las posibilidades de diversión, encuentro amoroso,
ruptura con la vida anterior y olvido de problemas de todo tipo.
Las discusiones, celos y rupturas entre parejas, amigos, que encuentran
en la fiesta su particular campo de batalla. Y es que cada fiesta,
como un Pierrot de pacotilla, tiene sus dos caras que se ocultan
y superponen continuamente en un juego divertido para unos, perverso
para otros. No hay alegría sin peligro de dolor y en la misma
fiesta que unos se encuentran y se aman, otros se separan y sufren.
La fiesta no es sino una faceta más de la vida cotidiana
de los hombres de todos los tiempos, pero es una faceta que se disfraza
y tiene lugar en un territorio que pretende igualar a todos y que
pretende imponer -sí, también un hecho aparentemente
tan libre y espontáneo como la fiesta- una reglas de uso.
Pero la libertad, que debería ser un afán personal
de cada uno de nosotros, nos hace dudar de esas fiesta iguales a
sí mismas en las que hay que divertirse obligatoriamente,
hay que beber, bailar, ser sordos y, además, ser muchos.
Y si no es así no es una fiesta. Sin embargo, una fiesta
puede ser otra cosa, debe poder ser, también, otras muchas
cosas. Una fiesta entre dos, un encuentro dulce y silencioso entre
dos amantes; una tarde de risas y alegría de un grupo de
amigos entorno a una mesa con bebidas de cualquier tipo... Una fiesta
para los sentidos es algo más que un tópico si estamos
enfrente de determinados paisajes, o hablando, riendo, comiendo
o haciendo el amor con la persona o las personas adecuadas. La vida,
puede ser en algunos momentos, una auténtica fiesta aunque
tal vez no lo marque el calendario, no lo preparen nuestras familias
ni haya cientos de participantes. Una fiesta debería ser
irrepetible, y no estar obligada a repetirse, como una pesadilla,
todos los viernes a la misma hora, todos los años el mismo
día, toda la vida sin solución. Eso no es una fiesta,
es un castigo.
|