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Pedro Azara
El imaginario de una sesión de cine: el cine,
la fiesta y lo sagrado
Dios está en las iglesias. Y también en los pucheros.
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MARIO GIACOMELLI, Pretini 74,
1962
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La fiesta es un acontecimiento singular que rompe con el orden
establecido. Está íntimamente relacionada con lo sagrado:
las apariciones y las encarnaciones son la ocasión de manifestaciones
de júbilo y de temor. Cuando se habla de fiesta se piensa
en Dionisos, en el Dionisos que Eurípides describe en Las
bacantes. Éstas, representadas en numerosos relieves helenísticos
como danzantes en trance, las túnicas revueltas y la cabeza
violentamente inclinada hacia atrás, los ojos cerrados o
la mirada perdida, son figuras enloquecidas, poseídas por
el dios, por el demonio de la fiesta y de la transgresión,
que salen de los límites de la ciudad, del marco establecido,
impulsadas por una fuerza irresistible, irremediable, para perderse,
en el sentido físico y espiritual, en íntima comunión
con el dios de la borrachera.
Sin embargo, en este artículo, he optado por un tipo de
fiesta y he escogido un punto de vista muy distintos. Más
que analizar la fiesta, o una fiesta determinada, en total ruptura
con la vida diaria -fiesta donde las normas se alteran, se trastocan
y se invierten, como en el carnaval- comentaré un hecho banal
en apariencia, que apenas altera la convivencia, y que la mayoría
practica sin prestarle demasiada importancia, como es el simple
hecho de ir al cine. Quisiera sugerir que en este acontecimiento
de corto alcance se encierra las características propias
de la fiesta y su relación, su ligamen con lo sagrado. Ir
al cine sería nuestra modesta contribución semanal
al culto a "lo otro", nuestra habitual visita al mundo
que se halla detrás del espejo.
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BERNARD FAUCON, Le Banquet,
de la serie Les Grandes Vacances, 1978
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En su primera visita al mundo de los sueños, Alicia cayó,
presa del vértigo, en un pozo sin fondo. En su segunda incursión,
por el contrario, miró hacia un espejo y vio
lo que
a continuación describiremos.
Paradójicamente, el carácter transgresor de la fiesta,
su interrupción brutal y su oposición a la vida diaria,
se alcanzaría y se vislumbraría en un hecho tan anodino
y en principio tan poco turbador como es el de ir a ver una película.
(...)
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