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Marta Gili
Pero... tú... ¿quién te has creído que eres?
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GILLIAN WEARING, 2 into 1, 1998
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Desde siempre se ha
considerado a la adolescencia como una de las etapas más complejas
en el desarrollo del ser humano. Abrumado por constantes contradicciones,
el adolescente pone a prueba la paciencia del adulto. Por un lado,
reclama de éste una atención incondicional y por otro la rechaza;
a veces se inhibe del mundo exterior y otras se rebela; en ocasiones,
se muestra conciliador y en otras, intransigente. Se trata, en definitiva,
de un periodo de profundos desencuentros con uno mismo y con los
demás, cuya resolución, con mayor o menor éxito, determinará la
naturaleza de su experiencia en la edad adulta.
Etapa oscura y temida
por padres y educadores, las típicas crisis adolescentes
se sobrellevan con estoicismo, como un mal que hay que pasar,
como algo que llega sin remedio y que sólo el tiempo cura.
Son clásicas las charlas de corrillo en las que los padres hallan
consuelo mutuo narrando las hazañas de algún hijo o hija
adolescente, sus malos humores, sus excentricidades o su mutismo.
Las escuelas organizan conferencias de orientación dirigidas
a los padres desmoralizados y los psicólogos aconsejan flexibilidad
y comprensión. Pero, ¿en qué consiste hoy en día la lucha generacional?,
¿existe en la actualidad un abismo real entre los intereses del
adulto y los del adolescente, o entre las pautas de conducta de
uno y otro?
La adolescencia
está de moda
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RINEKE DIJSTRA, Daniel, Adi, Shira
& Keren. Harishonim Highschool, Herzliya, Israel, 2000
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El adolescente está
de moda porque nunca como ahora los límites entre la adolescencia
y la adultez han sido tan difusos. El camino que separa al niño
del adulto ya no es unidireccional. El adulto de la sociedad de
siglo XXI ha trazado la vía de retorno que le permitirá instalarse
y permanecer en el paraíso del capricho y la impostura. El adolescente
está de moda porque el adulto de la era del espacio, de la información
y del terror ha dado marcha atrás. Nuestros adolescentes lo saben
y juegan con ventaja frente a unos adultos que no esconden su frenesí
por parecerse a ellos: desde su vestuario hasta su cuerpo, desde
su jerga hasta su pose, desde los anuncios publicitarios, a los
programas de TV de entretenimiento o a las series B de abogados
pueriles y de risas enlatadas, desde la complicidad tácita de sus
padres a la fragilidad desesperada de sus educadores.
Los adolescentes de
hoy viven momentos de gloria en un modelo de sociedad construido
a su imagen y semejanza. Nacidos frente al televisor y creciendo
ante el ordenador y el videojuego, los intríngulis de la sociedad
de la información y de la comunicación de los adultos no suponen
ningún secreto para ellos; el mundo de los mayores ha estado siempre
a su alcance, incluso antes de poder cruzar solos la calle. Para
el adolescente, la realidad del adulto y la fantasía del niño se
hermanan bajo un mismo formato y se configuran sin conflicto ni
discordia.
Ante este panorama,
muchos de los preceptos de la psicología evolutiva canónica que
asientan la madurez sobre las bases del sometimiento a la realidad
y la contención de la fantasía, quedan totalmente obsoletos. Todo
es importante y banal al mismo tiempo, puesto que la realidad en
sí misma carece de entidad.
Seducido por la tentación
de vivir la vida con este desenfado, aliviado del compromiso y la
responsabilidad, el adulto encuentra, en ese ámbito melindroso e
individualista de la adolescencia, el paraíso de la impostura descafeinada.
Lo saben los diseñadores de moda que no tienen reparos en crear
prendas para los ricos al estilo pobre, los tours operators
que ofrecen aventuras organizadas, los directores de cine
que revelan el diario amoroso de una adolescente de 35
años, y los responsables políticos que sin pudor reducen su
discurso a un cuento de buenos y malos. (...)

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