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EDITORIAL
Rosa Olivares
¡Qué grande es ser joven!
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ANTHONY GOICOLEA, Bedwetters,
1999
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Hay múltiples ejemplos en la literatura tradicional de ese
deseo de permanecer en una etapa de la vida alejada de las responsabilidades.
En psicología se conoce como síndrome de Peter Pan
a esa actitud de negación de la madurez, a la incapacidad
de asumir los cambios que el tiempo impone irreversiblemente a nuestros
cuerpos, nuestras formas de vida y nuestra implicación en
las relaciones con los demás, con el mundo que nos rodea,
con nosotros mismos. La figura de Peter Pan, proyección literaria
de su autor (James Matthew Barrie, un hombre que nunca asumió
su realidad como hombre adulto ni en su vida privada ni en sus hábitos
sociales, ni en sus relaciones sexuales o amistosas), encarna el
ideal de todos aquellos que quieren vivir en el País de Nunca
Jamás, ese lugar mágico en el que las sirenas, Campanilla,
los Niños perdidos y el Capitán Garfio, comparten
un mundo de libertad y ensueño, sin horarios, sin padres,
sin escuela, sin trabajo, sin más responsabilidades que jugar,
cantar y disfrutar. Salir de ese país significa crecer, dejar
de ser joven para convertirse en adulto, pasar de hijo a padre,
cargarse de responsabilidades. Transformarse, y, en definitiva,
asumir el juego, a veces peligroso, de vivir.
Nadie quiere crecer. Nadie quiere abandonar ese ideal de belleza
y libertad que parece ser esa etapa conocida como adolescencia y
que está entre la infancia, absolutamente dependiente de
los adultos, y la madurez, excesivamente cargada de compromisos
y obligaciones. Una edad imprecisa y unas características
ambiguas que oscila según culturas, países y épocas.
Entre los 12 y los 18 años podemos marcar la existencia temporal
de la adolescencia, sin embargo en la sociedad occidental, en los
países llamados desarrollados, ese período de tiempo
se puede alargar hasta la treintena, pues la separación de
las familias y la independencia económica, así como
la asunción de responsabilidades sociales de todo tipo (desde
relaciones de pareja totales, hasta actitudes políticas,
económicas y de independencia intelectual) se producen cada
vez más tarde. En países sin desarrollar, la adolescencia
se caracteriza por ser una mano de obra barata, producto básico
del mercado del sexo, una nueva tipología de esclavitud que
se inicia en la infancia y hace muy diferente la adolescencia de
una chica filipina, tailandesa o cubana de la de una joven española,
alemana o inglesa. Sin embargo, la adolescencia, esté comprendida
entre unos años u otros, sea vivida en un ambiente de posibilidades
sociales y económicas o en sociedades atrasadas, es sobre
todo una etapa llena de insatisfacción, frustración
y peligros. Es en ese momento de nuestras vidas en el que las cicatrices
se hacen indelebles, los complejos prácticamente insuperables,
y la memoria de todo ello crece con nosotros impidiéndonos
casi siempre superar una etapa de transición que se convierte
a veces en una barrera infranqueable que dificulta el desarrollo
personal, la creación de una vida propia, diferenciada y
personal.
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ALEXANDRA SANGUINETTI, Las aventuras
de Guille y Beli, 2000
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Como toda etapa de transformación, los cambios -en este
caso físicos, psicológicos y sociales- son por lo
general dolorosos. En el aspecto puramente físico la presión
de una sociedad en la que la imagen de la perfección y de
la belleza se acerca al andrógino asexuado marca los cuerpos,
la carne y el espíritu de muchos de nuestros adolescentes
de los dos sexos, obligados a vestir con una ropa pensada para cuerpos
dibujados, cuerpos anémicos que se ofrecen desde las pantallas
del cine o la TV y sobre todo desde el mundo de la moda. Los adolescentes
de hoy, bulímicos, anoréxicos, en las sociedades desarrolladas,
y oprimidos, explotados y prostituidos en las sociedades subdesarrolladas
son, cada uno de una forma diferente, víctimas de su propia
adolescencia. Desde los cada vez más abundantes fashion
victims, pendientes de las marcas, los logos y la última
moda, hasta las víctimas de las cada vez más sofisticadas
redes de pornografía infantil, vía internet o a través
de mafias internacionales.
Esa actitud doliente de la adolescencia, esa sensación de
vulnerabilidad, junto con la limpieza de su piel, la inocencia de
sus miradas, la peculiar forma de una musculatura, de unos cuerpos
todavía sin formar, que apuntan los rasgos de una sexualidad
sin definir totalmente, son algunos de sus atractivos más
importantes como grupo social. Pero esa sensación de estar
a medio formar, de ser cuerpos y mentes sin terminar, que es donde
reside su atracción irresistible, es también el origen
de todos sus males. Porque nada ni nadie, ni siquiera costosos procesos
médicos, no comer, hacer ejercicio
, nada impide que
ese proceso finalice su natural ciclo convirtiendo a famélicas
muchachas en mujeres de formas sexuales categóricas, nada
impide que unas caderas lánguidas se conviertan en culos
rotundos, no hay forma de impedir que a los muchachos les crezca
el vello y se hagan hombres, dejando de ser el objeto sexual por
excelencia. Un deseo sexual que no es característico, como
algunos puedan creer, de la sociedad actual sino que ha sido así
desde la antigüedad.
En definitiva, la adolescencia sería esa transformación
y los destrozos que causa física y psíquicamente.
Y, por supuesto su análisis no puede olvidar ni la estetización,
ni las consecuencias sociales y económicas de su manipulación.
Desde el ingente mercado de productos para jóvenes (bebidas,
moda, cine, música
) hasta ese mercado de trabajo infantil
y juvenil que a precios miserables producen en un continente lo
que los adolescentes de otros continentes pagaran a precios desorbitados.
Dos caras de una sola moneda. Pero se engaña quien piense
que este es un problema exclusivo de nuestro tiempo. Nuestra sociedad
lo ha exacerbado y publicitado, convirtiéndolo en una fiebre
global y pública. Pero el hecho es eterno, tan eterno como
el deseo de belleza y juventud. Desde las fotografías de
Alice Lidell de Lewis Carroll hasta las de los hijos de Sally Mann,
no han pasado tantas cosas: a los dos les acusan de pornógrafos,
los dos fotografiaron niños y adolescentes a los que querían.
Desde los niños bufones, los esclavos medievales o las bodas
con niñas de trece años de las coronas europeas, a
las compras sexuales actuales no ha habido tanta variación.
La venta de la virginidad de las nuevas prostitutas, niñas
de 12 años y a veces menos, es algo eterno que ha pasado
de las casas de prostitución para caballeros nobles a las
calles de Moscú o Manila e incluso a las nuestras.
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FERNANDO MOLERES, Willito, miembro
del FMLN, El Salvador, 1992-98
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Pero detrás de ese deseo, de esa especie de envidia generacional
se oculta una realidad dolorosa: la incomprensión y la soledad
de los adolescentes. En rebeldía permanente con la familia
y el orden que la sociedad les establece, el adolescente encuentra
en la moda, en el cine y en la publicidad no sólo un modelo
a seguir sino la justificación de su conducta, asumiendo
roles importados y olvidando cualquier crítica de mayor alcance.
Este estereotipo de adolescente es el que vemos en la mayoría
de las familias occidentales, pero existe también un joven
que escapa a estas apreciaciones y construye una mirada crítica
hacia un entorno conformista y caduco, hacia una sociedad que cada
vez es más acrítica y decadente. Por lo tanto no es
justo hablar de los adolescentes solamente como unas víctimas
del consumismo y de la cultura basura, sobre todo cuando sus mayores
construyen mitos sobre tarados sociales y consumen compulsivamente
cualquier cosa que la publicidad oferte.
A lo largo de la historia de la fotografía la adolescencia
ha sido uno de los temas preferidos, en todas sus posibilidades.
Sobre todo se ha destacado su belleza y, como contrapunto, el fotodocumentalismo
ha mostrado a todo el mundo su miseria. Y si Larry Clark ha retratado
a los jóvenes americanos en sus ritos de sexo, drogas y violencia,
en sus hábitos más espectaculares, Lewis Hine ayudó
con su obra fotográfica a revisar el status laboral de la
infancia en Estados Unidos. La opresión y la diversión,
la felicidad y el dolor, todo ha sido reflejado a través
del trabajo de cientos de artistas que se han preocupado, obsesionado
o simplemente entretenido fotografiando adolescentes. En las siguientes
páginas podemos ver cómo los artistas actuales ven
este fragmento de la vida. Los jóvenes se nos ofrecen insolentes
y felices, solitarios, explotados, tristes, abrumados, ilusionados,
melancólicos, enfermos, diferentes
, jóvenes
de todos los puntos cardinales, pues la adolescencia es similar
en todas partes, aunque su aspecto sea diferente. Tal vez la diferencia
entre la imagen que la fotografía actual nos ofrece de la
juventud y la que nos ofrecía en otras épocas es que
hoy se hace un mayor hincapié en aspectos psicológicos
a través de retratos más intimistas y directos, en
que hoy en día ya no vemos a la adolescencia como un tiempo
envidiable sino como una difícil etapa que superar.

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