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Pascal Bruckner
Unos adultos pequeñitos, muy pequeñitos
Las dos inmadureces
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RICHARD PRINCE, Brooke Shields
(Spirtitual America), 1983
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Contrariamente a una idea heroica demasiado extendida, no hay humanidad
posible sin regresión, sin chochez ni balbuceos, sin recaídas
exquisitas en la estupidez. Para resultar soportable, el tedioso
estancamiento de la vida ha de ir asimismo de la mano de una indefectible
puerilidad que se rebele contra el orden y la seriedad. También
existe un buen uso de la inmadurez, una manera de mantenerse lo
más cerca posible de las seducciones de la infancia que alimenta
dentro de nosotros un impulso tonificante contra la esclerosis de
la rutina. En cada etapa de la vida, en efecto, nos acechan dos
peligros: el de la renuncia que pretende pasar por sabiduría,
que no es a menudo más que la otro cara del miedo, y el de
la caricatura que nos incita a fingir la juventud, a simular un
entusiasmo eternamente juvenil. ¿Cómo madurar sin
resignarse, cómo conservar la frescura mental sin caer de
nuevo en un simplismo adolescente?
Ahora bien, lo que nos dicen los instantes de gracia de la existencia,
esos momentos maravillosos en los que el éxtasis nos embarga,
es que en la vida hay dos infancias posibles: la primera, que nos
abandona en la pubertad, y otra infancia de la edad madura, que
aflora a destellos, visitaciones candentes, que nos huye a la que
tratamos de atraparla. La infancia es un segundo candor que se recupera
tras haberlo perdido, una ruptura benéfica que nos aporta
un flujo de sangre nueva y rompe el caparazón de las costumbres.
Hay, pues, una manera de infantilizarse que es un testimonio de
renovación contra la vida petrificada y fósil: una
capacidad de reconciliar lo intelectual y lo sensible, de salir
de la duración, de percibir lo desconocido, de asombrarse
de la evidencia. Recorrer todas las infancias, como exigía
san Francisco de Sales, es mantenerse cercano a la fecundidad de
los primeros años, es quebrar los límites del viejo
yo sumergiéndolo en un baño purificador.
Tal vez una vida lograda sea eso: una vida en estado de renacimiento,
de resurgimientos perpetuos en la que la facultad de volver a empezar
se impone al carácter adquirido y al afán de conservarse.
Una vida en la que nada está petrificado, nada es irreversible,
y que otorga, incluso al destino aparentemente más rígido,
un margen de juego que es el margen de la libertad. Entonces la
infancia deja de ser un refugio patético, inconfesable disfraz
al que recurre el viejo adulto marchito, sino el suplemento de una
existencia ya plena, el feliz desbordamiento de aquel que, habiendo
andado su camino, puede sumergirse de nuevo en la espontaneidad
y el encanto de los primeros tiempos. Entonces la infancia como
gracia casi divina puede marcar el rostro del anciano como la senilidad
precoz imprimirse en el del joven. Como dijo la princesa Bibesco:
"No resulta más sorprendente nacer dos veces que una".

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