|
José Luis Brea
Todas las fiestas del futuro. Cultura y juventud. (s21)
Y aquí está la clave de todo: como los adultos
jamás elevan los ojos hacia la grandeza y la plenitud de
sentido, su experiencia se convierte en el evangelio de los filisteos
y les hace portavoces de la trivialidad de la vida. Los adultos
no conciben que haya algo más allá de la experiencia;
que existan valores -inexperimentables- a los que nosotros nos
entregamos.
Walter Benjamin, Metafísica de la juventud.
|
|
JOUKO LEHTOLA, Young Heroes, 1995
|
El hombre es un invento reciente -sugería Foucault. ¿Cuándo
se ha inventado al joven? ¿Es un invento más reciente
aún, de este mismo comienzo de milenio, es in-inventable,
es la proyección de algo que todavía, y necesariamente
siempre, seguiría y seguirá ... pendiente de inventar?
Podría ser: pero preferiría arriesgar una hipótesis
genealógica más concreta, al menos por ahora: que
el joven es -como el hombre lo fuera del Renacimiento y la
Ilustración- un invento romántico. Ellos empezaron
a pensar en serio, como horizontes primordiales del existir del
hombre, la muerte, la poesía (id est: la música) y
el deseo. Y ese entrecruce crucial es el joven. Werther es entonces
el primer joven de la historia de la humanidad. La oleada de suicidios
inspirados que siguió su aparición fue el primer movimiento
juvenil europeo (joven es quien se muere a tiempo -de no haber dejado
de serlo). A fecha de hoy, es Kurt Cobain el último joven
de que se ha oído hablar. Demasiado anhelo de vida, demasiada
pasión de sentido, de verdad. Demasiado deseo de que la vida
propia lo tenga todo, se diga en todas partes, se encuentre con
todos sus otros -y los habite, diseminada en ellos. Demasiada tensión
de ser y una disposición cero a consolarse con las soluciones
pactadas. ¿Otro que recuerdo ahora?: Ian Curtis, antes de
que estrenen la ridícula película que de seguro preparan
sobre su existencia. Jamás les harán justicia: un
joven es una relación precisa e inescrutable con su propia
interioridad -algo que cualquiera como él es capaz de percibir,
pero ninguna cámara podría jamás narrar.
#
|
|
WOLFGANG TILLMANS, Lutz &
Alex, Holding each Other, 1992
|
Es cierto que la contemporaneidad más reciente -el filo
del inicio del siglo 21- sitúa al joven en un lugar de inédita
relevancia. Hay mucho que decir al respecto -es un indicador clave
de las transformaciones de nuestra época- pero lo primero
que urge es alejar este creciente protagonismo de la óptica
que el más elemental análisis socio-económico
se apresuraría a aportar. Sin duda el devenir central del
joven como figura de época -y de la juvenil entonces como
forma mayor de la cultura en nuestro tiempo- tiene que ver con el
ascenso de la juvenil como clase consumidora pudiente -y ello con
un estado opulento de las sociedades del capitalismo del ocio que
lo permite, por tanto. Sin que ese análisis deje de ser cierto,
por supuesto, es necesario afinar la perspectiva. La indiscutida
centralidad de la mirada joven sobre el mundo actual hunde su raíz
principal en algo mucho más profundo e interesante: en el
derrumbamiento generalizado de las certidumbres, en un trastorno
tectónico de todos los cimientos que pretendían una
comprensión global del mundo. Sin ella, todos jóvenes
-es decir: todos desarmados frente a la comprensión de nuestro
existir, todos a la intemperie de la vida, todos con todo por inventar.
Y sólo ellos, por tanto, en su papel -el resto, fuera de
lugar, incómodos, desplazados, condenados al sinsentido del
jubileo anticipado o al patetismo del lifting cultural, de
ser el que no se es.
Pero no hagamos de ese desplazamiento cuestión -no se trata
de hablar de nosotros con respecto a ellos. Se trata de eludir cualquier
paternalismo, cualquier posición de subrepticio desdén
(incluso el del sobreelogio). Se trata de admitir, sin concesiones
ni paliativos, la evidente superioridad de la cultura joven. Pero
esto es casi un pleonasmo: en realidad, hoy, digámoslo de
una vez, sólo la joven es, auténticamente, cultura.
(...)

|