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Manuel Vidal
Fotografía y cine: un viaje de ida y vuelta
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JOHN WATERS, Doubles, 1995 + Julia,
2000
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No es frecuente que un cineasta investigue la imagen fija a partir
de la imagen en movimiento. Por lo general, el itinerario suele
ser el inverso. Podrían citarse innumerables casos de fotógrafos
que corroboran, entre ellos: Robert Frank, William Klein, Roger
Vadim, Raymond Depardon; de ser fotógrafos devinieron directores
de películas. Asimismo, ciertamente, son muchos los casos
de cineastas que han complementado, o ampliado, su actividad con
el ejercicio de la fotografía: Leni Riefenstahl, Wim Wenders,
Carlos Saura, Abbas Kiarostami, son sólo unos ejemplos que
acuden de inmediato a la memoria. Pero lo que éstos hacen
acostumbra a ser sobre todo una práctica extensiva de su
propio cine; es decir, en sus fotos prolongan el universo visual
contenido en sus películas, hasta el punto de que algunos
de los fotogramas de éstas podrían pasar, una vez
aislados, por alguna de sus fotografías; siguiendo a Barthes,
podría decirse que, en sus fotos "el acontecimiento
no se sobrepasa jamás para acceder a otra cosa", y en
este sentido, remiten sólo a lo que se ve, "tienen algo
de tautológico", por lo que no rompen con el estatuto
propio del medio. Muy distinto es, sin embargo, el caso de John
Waters, ya que su práctica fotográfica resulta respecto
al cine decididamente intensiva; no es ajena a él, sino que
lo toma por objeto; en realidad, deviene fotógrafo sin dejar
de ser cineasta, y una modalidad de cineasta que bien podría
calificarse de crítico, ya que sus exploraciones no se ocupan
sino del propio cine, de lo que las imágenes en movimiento,
sea cual sea su soporte contienen. Y, lo que es más importante,
remiten a la diferencia que brota de la repetición.
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JOHN WATERS, Manson Copies Divine's
hairdo, 1993
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Así, lo que a él parece motivarle no es ausentarse
del cine, sino ahondar más en él, estrechar su relación
con las películas por otro medio, para suscitar su implosión
fotogénica, su deconstrucción, viendo, mejor dicho:
detectando las posibilidades que tal acción encierra. De
este modo, con sus inmersiones perentorias en las imágenes
de las películas vistas en el televisor, con una cámara
fotográfica por ojo, obtiene la materia para sus composiciones.
El resultado es un objeto nuevo, partícipe a la vez del cine
y de la fotografía. Un objeto fronterizo, tan autónomo
como dependiente. Y un objeto en el que prevalece su propia genealogía
en oposición a su posible trascendentalidad.
A simple vista pareciera que minimizan el universo fílmico,
o audiovisual si se prefiere. Miradas con más atención
despliegan unos efectos que formalizan un discurso, un discurso
que más que decir sugiere, y más que significar revela
y muestra. Constituyen, por lo tanto, un espacio cuyas texturas
exhiben no sólo un referente sino multitud de huellas que
nos atraen al tiempo que se nos resisten, que señalan un
enfrentamiento entre un sujeto, llámese creador o productor,
y la materia sobre la que se proyecta y trabaja, llámese
cine o imágenes preexistentes. Y son esas huellas, cuyas
técnicas para su inscripción poco importan, las que
lo abren a la sensación, otorgándole un sabor que
nos incita a su degustación. Ante su presencia nos sentimos
invitados a efectuar un reajuste que no es sino estético,
es decir básicamente anclado en un orden hedónico
situado más allá del orden del entendimiento y del
orden de la producción. (...)

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