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Felipe Hernández Cava
“¡Qué verdadero, qué existente!”
"¿Quién va a escribir alguna vez esta historia de otra manera,
aunque sólo sea en los matices, unos matices que por supuesto
podrían ayudar mucho a liberar a los pueblos de las imágenes congeladas
en las que se ven los unos a los otros?"
Peter Handke, Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save,
Morava y Drina ó Justicia para Serbia
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WIM WENDERS, sin título
/ sin fecha
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Algunas de las miradas más comprometidas
con el proyecto moderno –y la de Wenders, pese a sus vaivenes, lo
ha venido siendo– asisten con preocupación a la progresiva debilidad
de aquellos discursos que trataban de articular de forma totalizadora
las relaciones que mantenemos con la realidad.
Hoy, en medio de un creciente ruido
de imágenes, dichas miradas, se nos antojan un tanto desamparadas
de un marco al que poder remitirse para encontrar el menor atisbo
de sentido. Se aferran por ligarse a algunos eslabones sólidos,
aunque a veces contradictorios, con el fin de no perecer en la errática
fragmentación posmoderna. Son, en el fondo, las miradas de los que
piensan que no sólo no debemos dar por concluida la modernidad,
sino que lo que hoy estamos viviendo no es sino una etapa más de
la misma, aunque resulte especialmente accidentada.
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WIM WENDERS, La Habana, 1999
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Creo que los que apuestan por esas miradas
se resisten a aceptar todas las reglas del simulacro en que estamos
inmersos, con ser éste tal vez una de las pocas certezas con que
contamos. Pero no se les puede negar su condición de resistentes
en unos tiempos en los que ni siquiera es fácil ponderar la esencia
de la imagen, perturbada no sólo por su saturación sino por la dislocación
a la que está siendo sometida. Desde el campo de la publicidad,
muy especialmente, no cesan de generarse miles de imágenes cada
vez más opacas, por más seductoras que parezcan resultar tras sufrir
la correspondiente manipulación a cargo de sus profesionales. Unos
profesionales que, como alguna vez ha recordado Wenders, hacen gala
de la condescendiente osadía de considerar que nada es lo suficientemente
bueno como para no necesitar de su revalorización.
El cineasta y fotógrafo alemán, como
otros lúcidos miembros de su generación, aquella que quiso subvertir
el orden de las cosas, ha mantenido siempre una relación de desconfianza
con nuestra muy superpoblada iconosfera. Ha hallado por doquier
demasiadas imágenes que bien podían tildarse de "impuras",
no tanto por su elevado grado de contaminación, con ser importante,
sino por el hecho de que ya no pretendían ni siquiera mostrarnos
lo en ellas reflejado.
Tal es, en efecto, el grado de divorcio
entre lo que aparentemente la mayoría de las imágenes significan
per se y lo que finalmente acaban por significar, que lo
único que consiguen es extender el vacío ante nuestros ojos y asesinar
los objetos de su interés al vaciarlos de su existencia. Imágenes
muertas que no muestran, que únicamente son elocuentes de un pensamiento
que se jacta de su errático deambular.
¿Cómo devolver, entonces, a las imágenes
su ‘pureza’? O lo que es igual: ¿cómo devolverles su capacidad de
significación, dejándolas que, en la medida de lo posible, concedan
al fotógrafo su autorización para explicarlas?
En este proyecto utópico, tan apegado
al discurrir de la modernidad, no queda otro remedio que desandar
buena parte del camino hasta ahora recorrido para volver a unos
orígenes libres de muchas de las adherencias actuales. Es el mismo
camino que a mi alrededor veo que han emprendido también varios
diseñadores gráficos y pintores. Un camino, en suma, que se formula
ni más ni menos que en un deseo de desmontar el actual dispositivo
de la visión, en dejar de mirar como máquinas, como autómatas. (...)

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