Domènec Font
Fotografía y cine. Hibridaciones. La extraña pareja
Tenemos que darnos prisa si queremos ver algo todavía. Todo
desaparece... ¿Dónde está el color que todavía sale de la sustancia
de la cosa? ¿Qué cosa de las de ahora es materia para el ojo?
Peter Handke, La doctrina del Sainte Victoire.
1.- Rapsodia
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JEAN-LUC GODARD, Video stills
de Histoire(s) du cinema, 1987-1998
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Desde hace años intento profundizar en los confines
de las artes, en sus interferencias y resonancias, convencido de
que no hay antinomia entre la especificidad de los lenguajes y su
contaminación. Así ocurre con el proceso estético que atraviesa
la relación cine y pintura, cine y música o cine y teatro donde
importa tanto considerar la diversidad de los territorios como su
cruce, las confluencias subterráneas entre las artes como la propia
conjunción copulativa que las separa. Pero en la relación entre
el cine y la fotografía sólo parecen contar las perspectivas familiares.
Una historia ontológica preside el encuentro como si de un edificante
proceso genético se tratara. Asunto de genealogía, sin duda, que
en ocasiones toma como explicación histórica el relevo. De la misma
forma que la fotografía interfiere y modifica la evolución de la
pintura derivándola hacia el terreno de la abstracción, el cine
relevaría la función realista de la fotografía con la apropiación
del movimiento y de la imagen-tiempo. En cualquier caso, una relación
familiar entre dos artes de la imagen que durante más de un siglo
han trazado una ruptura en los hábitos perceptivos y conceptuales.
Esa historia familiar, cobijada entre la feria y el laboratorio,
el arte y la magia, podría empezar con el pre-cine (término dudoso
que convendría usar con muchas precauciones) y la procesión arqueológica
de la linterna mágica, la cámara obscura, la cronofotografía, los
aparatos estroboscópicos y los dioramas. Pero debo confesar que
esta revisión de los dispositivos ópticos no figura entre mis devociones,
aún reconociendo su interés para una fantasmagoría de lo visible.
Acudo, lógicamente, a los experimentos de Eadweard Muybridge y Etienne
Jules Marey, a sabiendas de que sus series fotográficas fueron,
antes que un proceso locomotor, el resultado de un proceso perceptivo
sobre el que “había que creer”. En propiedad, a los “científicos”
no les interesaba la síntesis de un movimiento a velocidad real
sino aquello que no se veía a esta velocidad, su problemática no
era tanto ver más sino ver de otra forma. De modo que esa historia
familiar parece precedida por la sospecha. “No es el movimiento
sino su espectro silencioso...” dirá Maxim Gorki en El reino
de las sombras sobre el cinematógrafo Lumière. Un invento que
Marey no dudará en calificar de completamente imbécil adosando la
siguiente pregunta: “¿por qué filmar a velocidad normal lo que se
puede ver con los ojos?”. Pregunta simple, con toda la “ceguera”
del científico, pero que pone sobre la mesa respuestas complejas.
Entre ellas la de declarar la búsqueda de continuidad orgánica de
los dispositivos de visión como un evolucionismo soñado (lo que,
de paso, explicaría esa extraña, aunque plausible, “boutade” de
Godard de considerar la banda vídeo como el eslabón perdido entre
Marey y Lumière, la “machine manquant” con capacidad de respuesta
para el movimiento y el tiempo como percepción). Y adelantarse a
la idea de Foucault de que las grandes mutaciones pueden ser resultado
de algún descubrimiento científico pero sobre todo responden a la
aparición de formas nuevas de la voluntad de verdad.
2.- Alteridad
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DAVID LYNCH, Man with instrument,
1987
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No figura en mi intención remover cuestiones técnicas y saberes
epistémicos, ni siquiera a partir de una travesía en diagonal (los
diferentes “pasajes de la imagen” en su evolución analógica desde
la “tavoletta” de Bruneleschi hasta el planeta vídeo y las imágenes
de síntesis, como ha realizado Raymond Bellour). Tampoco quería
recurrir a una historia retrospectiva del discurso sobre la mimesis
fotográfica tan característica de esa fiebre de realidad que enmarca
el XIX y que, con el breve paréntesis de las vanguardias históricas
en las que el “ojo mecánico“ instituirá nuevas configuraciones de
lo visible, se propaga hasta la época contemporánea con la representación
cinematográfica como bandera. (...)

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