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Carlos Jiménez
El tatuaje y sus leyendas
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ALBERTO GARCÍA-ALIX, El
brazo de Ana, 1992
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Veo la fotografía de Alberto García-Alix,
“Elena Mar, odalisca en mi patio”, de 1987, y no puedo menos
que evocar toda la historia de la que viene esa foto aunque de esa
historia quede apenas nada en la foto que no sea la semidesnudez
de Elena y sobre todo sus tatuajes. Historia de García-Alix pero
igualmente de una generación que en el Madrid de los años 80 dio
en romper moldes y transgredir normas, no por donde entonces se
esperaba, por la vía de la política de izquierdas, sino por la de
quienes celebran la marginalidad y se entregan alegremente a ella.
Cierto, marginalidades, regímenes de exclusión social ha habido
muchos y los que estableció y practicó el franquismo pueden ingresar
cómodamente en esa historia de la infamia que Borges nos prometió
y nos quedó debiendo. Pero la de García-Alix y su círculo de allegados,
su panda, más que impuesta era elegida y por lo mismo nunca fue
vivida por ninguno de ellos en clave de adolorida impotencia sino
de libertad y de imaginación y hasta de fantasía. La libertad
de Elena de desnudarse tranquilamente, sin tapujos, disfrutando
a gusto un logro irreversible que habían conquistando unos cuantos
años antes mujeres como esas dos que en una inolvidable noche de
verano se desnudaron completamente y se treparon en las estatuas
de Mon y Velarde en la Plaza del Dos de Mayo. La plaza y el barrio
de la residencia todavía de figuras emblemáticas de la “movida”
como el director Pedro Almodóvar o el actor Antonio Banderas. Y
de las “noches calientes” y del tráfico desembozado de “costo”,
cuyo control terminó por promover sangrientas reyertas entre los
marroquíes y los iraníes que huían del ayatolah Jomeini. Y la imaginación
y la fantasía puestas en evidencia en los tatuajes de esta bailarina,
que por años fue musa constante del fotógrafo, y que juegan tanto
a romper la veda que todavía obraba sobre el tatuaje de mujeres
como a evocar la representación que ella se hace de sí misma y
de su mundo.
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ALBERTO GARCÍA-ALIX, Contorsionista
(Jill, la mujer de goma), 1997
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Elena se llama Elena aunque tal vez
quería ser Eva o en cualquier caso asumir la condición de pecadora,
esa culpa originaria que cargan las mujeres en la tradición judeo-cristiana
por haberse dejado seducir por la serpiente en el Paraíso terrenal,
comiendo del Arbol del Bien y del Mal e incitando a Adán a que también
lo hiciera. Pues Elena no tuvo el menor empacho en tatuarse una
serpiente serpenteante en torno del ombligo. O sea que asumió esa
culpa milenaria y, todavía más, exhibió con todo desparpajo el símbolo
más recurrente de la misma, librándose de la culpa y apropiándose
sin ningún problema del signo ignominioso de la misma.
Su otro tatuaje va en el antebrazo derecho
y muestra dos guitarras eléctricas divergentes, unidas por una
calavera. Corresponden a su mundo de bailarina y a su frecuentación
de los músicos de rock, que proporcionaban fondo musical a su arte.
Es toda una declaración de intenciones como lo es el capullo de
rosa que lleva sobre el pecho izquierdo y que la anuncia como una
enamorada y como una amante que no parece dispuesta a privarse
de ninguno de los placeres de una intensa vida amorosa. El problema,
o la cuestión si se quiere, es ¿por qué esa predilección de Alberto
García-Alix por los tatuajes? Obviamente no es por razones exclusivamente
estéticas. Si así lo fuera tendríamos en su caso un inventario sistemático
de los mismos, captados de la forma más completa posible para garantizar
el valor documental, etnográfico, de cada fotografía de este tipo.
Pero García-Alix, como ha subrayado en un texto reciente Francisco
Calvo Serraller, no es un artista metódico sino, por el contrario,
un fotógrafo en cuya obra prima un cierto desorden temático que
viene de su inclinación a apoderarse con su cámara de los instantes,
las situaciones y los personajes más variados, aunque siempre marginales
o en trance de serlo. No, si García-Alix ha fotografiado muchos
personajes tatuados y él mismo se tatuó cuando eran un jovencito
es porque con estos actos ha querido dejar muy en claro que su rebeldía
es una rebeldía de veta brava, en la que ocupa un lugar importante
la admiración o cuanto menos la simpatía con los presos. O sea con
uno de los colectivos que, junto a los marineros y los soldados
profesionales, han demostrado ser de los más dados a tatuarse. Los
presos se tatúan en gesto que es de abierto desafío a la exclusión
a la que los condena la sociedad que los juzga y encarcela. Si el
tatuaje llegó a ser un castigo en el Imperio chino, pues se imponía
como un castigo peor que la pena de muerte o el exilio, entre los
presidiarios de Occidente el tatuaje, libremente elegido, es un
medio de ratificar por propia mano la condena impuesta y la exclusión
social que la acompaña. Esta redundancia, esta reiteración, hace
parte de la misma estrategia y los mismos mecanismos que hace que
en los presidios se construyan de forma paralela una estructura
de poder igual o peor de implacable que la estructura del poder
carcelario. Los presos, privados forzosamente de libertad, la alcanzan
o creen alcanzarla organizándose en confraternidades de guerreros
que se rigen por estrictos códigos de honor. (...)

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