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Alberto García-Alix
Para entrar en el cielo deberás estar tatuado
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F.W. BARTON, Muchacha motu remando
en canoa, ca. 1890
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Los amigos me aconsejaron que no lo
hiciera. Mi compañera no quiso acompañarme, todo su interés estaba
concentrado en que llegase el dealer..., la necesaria dosis
para ambos. Hice de tripas corazón. Fui solo. La cita era a las
cinco, una tarde de agosto en Ibiza. Sudando, tomé a las cuatro
el autobús…, sudando anduve también un rato, sudando pregunté a
un payés y luego a otro hasta que, por fin, encontré la casa. El
loco inglés que me recibió estaba un poco achispado. Sin ninguna
gana preparó el equipo, aunque lo de preparó es un decir porque
no cambió ni siquiera las agujas. Sólo puso tinta en unos pequeños
tapones, luego encendió la máquina y con su chirriante sonido zumbando
en el ambiente, perezosamente, preguntó qué quería.
Casi una veintena de años más tarde
escribí un texto para una revista donde conté, a mi manera, el porqué
lo hice. Lo repito… ”era yo más joven. Soñaba y así, en sueños,
un ángel me gritó al oído: Para entrar en el cielo deberás estar
tatuado. Lo repitió un par de veces. Luego, el eco de su voz se
fue apagando sin que llegase a enterarme de si para conseguir tal
premio debía ir a tatuarme de pies a cabeza o sólo un poco...”
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SANDI FELLMAN, Horiyoshi III &
his Son, 1984
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Hoy, a la vista está que no deseché
tan angelical consejo. Mi cuerpo..., brazos, manos, cuello y pecho
están cubiertos de tatuajes y, por afinidad, me es imposible evitar
que me venga a la memoria aquel hombre protagonista de un cuento
de Ramón Gómez de la Serna, que tenía la manía de tatuarse y al
que los médicos sabían situar sus dolores como no se sitúan sobre
ningún enfermo: “el mal lo tiene usted en la boda de los elefantes...”
Ahora, sin necesidad de doctores, también
yo sé, que cierto mal, el estigma de una vieja culpa, lo llevo irremediablemente
conmigo y me lo recuerda siempre, el tatuaje adquirido aquella calurosa
tarde de agosto en Ibiza. Pero ese es otro cuento... Hablemos del
tatuaje.
Desde que el hombre camina erecto y
es homo sapiens, la necesidad de ensalzar la belleza del
cuerpo a través de medios artificiales satisface un comportamiento
universal. Siempre se ha hecho y siempre se hará. Responde a una
constante evolutiva y positiva de la humanidad.
Las técnicas empleadas para ello son
muy diversas y difieren según cultura y época. Una de las técnicas
más ancestrales de ornamentación para alterar la apariencia natural
del cuerpo es el tatuaje. Consiste en introducir por medio de un
cincel un pigmento no soluble -antes hollín, hoy tinta- en la piel,
de forma que produzca una marca o dibujo visible y permanente que
suele ser azul o negro.
Esa permanencia indeleble, junto al
dolor causado por la rotura de la piel y la liberación de energía
vital, la sangre, son las claves que han dado al tatuaje un significado
místico, mágico e indudablemente hermético.
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PAUL BLANCA, Toro de sangre -
María, 1988
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En la revista Tattoo Gazette,
editada en Nueva York, uno de sus autores, Frank Snake Allen
nos ofrece una divertida y quizás verídica teoría sobre sus comienzos:
“el tatuaje –dice- se origina en algún momento entre la
época de escarbar en la suciedad y las pinturas rupestres. Simplemente
surgió cuando unos torpes cayeron al suelo y aterrizaron en un
palito chamuscado y alguien se dio cuenta de la marca que quedaba
al cicatrizar...”
Pudo ser así, por qué no; lo cierto
es que las evidencias tangibles más primitivas que tenemos son escasas,
pero ciertos artefactos paleolíticos han sido clasificados como
instrumentos de tatuar. En sus remotos orígenes, en pueblos y sociedades
primitivas, siempre se tatuaba a una persona para conducirla de
alguna manera a una relación con la incierta pero eterna idea de
Dios. (...)

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