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EDITORIAL
Rosa Olivares
Escrito sobre la piel
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PETER GREENAWAY, film stills de
The Pillow Books, 1995
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Cuando éramos pequeños nos escribíamos sobre
el dorso de las manos los teléfonos de los amigos, los recados
para que no se nos olvidaran. Escribíamos sobre los pupitres,
sobre las cortezas de los árboles y, por supuesto, sobre
la piel de nuestros brazos, los nombres de los más queridos,
de los más deseados. Escribíamos con tinta. El tiempo
y el agua y jabón borraban las huellas convirtiendo en manchas
borrosas las obsesiones que parecieron eternas. Aquellas 'chuletas'
que nos escribíamos en las palmas de las manos sólo
sirvieron para aprobar el examen del colegio, luego el sudor las
borraba, desaparecían de nuestra piel y, casi siempre, de
nuestra memoria. Pero en esos momentos la piel, nuestra piel, se
convertía en el libro de nuestras necesidades, en un diario
frágil y perecedero.
Escribimos sobre el cuerpo y el tiempo nos marca indeleblemente,
haciendo de nuestra piel el pergamino en el que se resume nuestra
vida. Es una escritura cargada de memoria, absolutamente simbólica
y que sólo se descifra desde la primera persona, monólogos
que conforman un solo libro que es nuestra biografía. Sobre
la piel escribimos incesante y repetidamente: sí, he vivido.
Cada arruga, cada marca, cada cicatriz, es el resumen de un momento,
de una relación, del placer y del dolor que se centran primero
y especialmente sobre la pura superficie de nosotros mismos, sobre
nuestra piel. Las cicatrices de un accidente quedan en la memoria,
pero quedan también sobre la piel; las marcas de las operaciones;
el dolor y las tensiones que se traducen en arrugas
es la
vida la que va escribiendo sobre nosotros y nosotros solamente vamos
interpretando el único papel de vivir.
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PETER GREENAWAY, film stills de
The Pillow Books, 1995
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Con la cirugía plástica no se pretende rejuvenecer
o parecer más bello, más perfecto. Lo que se intenta
es borrar el tiempo, eliminar parte de esa memoria física,
sin darse cuenta de que esa cirugía es otra etapa, una etapa
más, una historia más, que también dejará
su huella sobre nuestra piel, sin eliminar todo lo anterior, sin
borrar ninguna experiencia vivida. Igual que no podremos olvidar
la muerte de los seres queridos, las desilusiones, ni los abandonos.
Como tampoco podremos olvidar, y algunas marcas lo recuerdan para
siempre, los momentos felices.
Sin embargo el hombre siempre quiere guiar la historia, y sobre
todo la propia historia. Queremos aclarar, definir, escribir con
detalles lo que queremos que se comprenda de nosotros mismos. La
pintura corporal de las tribus primitivas y el maquillaje de las
tribus modernas vienen a ser cosas parecidas. En diferentes dimensiones,
con lenguajes e idiomas diferentes, definen actitudes (de caza,
de sacrificio, de iniciación
) que se repiten en todas
las culturas y en todas las épocas, aunque sean de formas
diferentes.
El tatuaje es una buena muestra de esto. Con el tatuaje las antiguas
tribus definían las categorías de los guerreros, marcaban
las jerarquías sociales. Con la pintura festejaban fiestas
y ritos. Hoy en día, la pintura, el maquillaje es un rito
cotidiano cercano a los ritos de apareamiento clásicos (
y Robert Altman lo desarrolla muy claramente en su película
"Volar es para los pájaros"). Y el tatuaje se ha
diversificado en diferentes fórmulas que definen a quien
lo lleva como un cartel luminoso sobre sus frentes. El tatuaje hoy
ha dejado de ser exclusivamente una marca de malditismo, una seña
de identidad de marginados y presidiarios, de marinos y mujeres
de vida difícil. Hoy las adolescentes de buena familia llevan
seductores tatuajes en las caderas, en los muslos, en el pecho,
junto a piercings de un origen también claramente tribal.
Los grupos de moteros, rockers y otras tribus urbanas se tatúan
de forma sistemática, en una demostración de muchas
y diferentes cosas. Si el origen del tatuaje se rastrea en lejanos
mares y a través de casi míticos viajes de exploradores
y aventureros, su presente se puede encontrar en cualquier calle
de cualquier ciudad. Sin duda, muchos de los jóvenes que
hoy se tatúan no son conscientes del verdadero significado
de lo que llevan escrito sobre su cuerpo, como muchos escritores
repiten fórmulas, copian textos de otros o, simplemente,
escriben sin saber ni que dicen.
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DANIELE BUETTI, Looking for Love,
1995-96
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Pero hay muchos otros que si saben lo que escriben, si son conscientes
de lo que hacen con su cuerpo. Ellos/ellas no confunden el adorno
con el concepto, no confunden lo esencial con lo frívolo.
Ellos están contándonos su historia personal, nos
están hablando, ciertamente en clave, de su propia vida,
de sus experiencias singulares. El tatuaje compone a lo largo de
su vida un auténtico traje con el que van revistiendo todo
su cuerpo, el único traje que les acompañará
ya siempre.
En las páginas siguientes se habla del origen del tatuaje,
de sus sentidos y significados diferentes, se ofrecen imágenes
en las que el tatuaje, la pintura y las marcas nos hablan de muchas
historias diferentes y de otras tantas maneras de enfrentarse a
estas narraciones. El arte no se ha preocupado excesivamente del
tatuaje, solamente la fotografía primitiva, en sus trabajos
más documentales, se encargó de reflejar personas
tatuadas. Igualmente es el dibujo antropológico, la pintura
como documento de viajes o aquellas obras con tema indigenista,
las que han tomado el tatuaje como elemento de sus obras. La fotografía
y el cine, sin embargo, le han tenido mucho más en cuenta,
quizás también por que se han ocupado de una forma
más habitual y en profundidad de los sectores del hampa,
de la yakuza japonesa, del lumpen criminal, de la prostitución,
del mundo de la aventura y de la delincuencia. De lo marginal.
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SANTIAGO SIERRA, Línea
de 250 cm tatuada sobre seis personas remuneradas, 1999
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Pero si el tatuaje representa, aunque sería mejor decir
representaba, a sectores marginales, hay tantas formas de escribir
sobre la piel que no podemos hablar de marginalidad. Marginal puede
ser el pueblo Maorí visto desde Lisboa, o la tribu de los
Yanomami de Brasil en Amsterdam. Pero todos, en Lisboa, Amsterdam,
Nueva York, Madrid, Lagos o cualquier otro lugar, estamos marcados
por el tiempo, todos tenemos cicatrices de un corte quirúrgico,
de un altercado, de un accidente infantil
, todos tenemos marcas
sobre nuestro cuerpo, señales en nuestra memoria que marcan
nuestras vidas. De esto se habla en los textos y en las imágenes
que siguen.
Decíamos que el cine ha reflejado, tal vez mejor que ningún
otro arte y siempre muy bien ayudado por la fotografía, esta
estética del cuerpo. Desde obras de culto como "Pillow
Book", de Peter Greenaway, en el que los cuerpos de diferentes
personas sirven como pergaminos para caligrafías y narraciones
exóticas que componen todo un libro; hasta una mala película
con una buena idea -posiblemente sólo una- como "Memento",
de Christopher Nolan, en la que un hombre se marca continuamente
el cuerpo, escribiendo frases, claves, para acordarse de quién
es, para recordar su historia. Para no perderse totalmente el protagonista
de "Memento" recurre a la fotografía y a las marcas,
palabras y números, sobre su cuerpo.
Hemos elegido a dos artistas con obras muy diferentes para las
páginas centrales de este volumen: Miguel Rio Branco y Alberto
García-Alix. El brasileño Rio Branco trabaja sobre
el tiempo, sobre los sentimientos, sobre lo más profundo
de la vida, esas cosas, esas sensaciones que no se pueden nombrar
fácilmente y sin riesgo. En ese mundo los protagonistas están
marcados de muchas maneras, y Rio Branco ve el paso del tiempo en
la piel, bien en forma de marcas, cicatrices, pinturas rituales
o tatuajes, como una forma más de hablar y explicarse, como
una demostración de que la vida existe con su dolor y su
placer, sus luces y sus sombras. Por el contrario, Alberto García-Alix
centra su obra con personajes tatuados de las tribus urbanas, en
personas cercanas a él mismo, con historias y vidas muchas
veces paralelas a la suya propia.
Pero no son solamente Rio Branco y García-Alix los que reflejan
estas diferentes formas de escritura sobre la piel. El tatuaje está
presente también en las imágenes de Robert Mapplethorpe
cuando retrata personajes del otro lado de la sociedad, en las series
de boxeadores de Kurt Marcus, y en la espalda del amante japonés
de Araki. Arnulf Rainer pinta sus retratos y Annette Messeguer dibuja
sus fragmentos de cuerpos, sus recuerdos, igual que Tatiana Parcero
proyecta mapas sobre los cuerpos, y otros artistas reflejan el interior
de los cuerpos fuera de ellos. Tantos y tantos, como Rosangela Rennó
en sus torsos de hombres marcados con palabras y dibujos infantiles.
Como tantos presidiarios, solitarios que se escriben en la piel
no lo que quieren recordar -porque la memoria no necesita de textos-
sino para nombrar sus deseos, para repetirse y releerse en la soledad
y en la lejanía. En la diferencia.

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