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Paulo Sergio Duarte
Miguel Rio Branco: la inversión de la pirámide
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Los personajes en el personaje
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MIGUEL RIO BRANCO, S/t, 1983
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No debemos olvidar que Miguel Rio Branco
también es un cineasta, y un artista que trabaja con instalaciones,
en las que el tiempo, la música y los sonidos constituyen las materias
primas cruciales. En el trabajo fotográfico se instala un orden
narrativo y una sintaxis. Pero no hay que considerar que el orden
narrativo signifique un orden literario. La narrativa de Miguel
incorpora distintos ritmos, síncopes e hipérboles de imágenes. En
resumen, distintos tiempos. De esa experiencia deriva la capacidad
de desdoblar los dramas y teatralizar las escenas cotidianas, sin
ningún estereotipo de una representación manipulada.
La piel será un nuevo personaje que
envuelve al actor, un personaje que es suyo, que forma parte de
él, pero que también actúa, que ocupa un lugar propio, y que veremos
cómo se transforma. Compartiendo la escena, la epidermis cambia
en el escenario, el terreno a través del cual van a desfilar otros
personajes: las marcas del cuerpo. A partir de las fotos de Miguel,
sería posible realizar una taxonomía de esas señales. Las que son
accidentales, las voluntarias, las que se realizan con fines rituales,
las que tienen carácter iniciático, aquellas que se ven desde lejos,
las que son invisibles, es así; no importa en cual de las categorías
se inscriban; todas ellas se manifiestan como una señal de identificación:
participan de la identidad del personaje que, cuando las exhibe,
les da vida.
Si las miramos bajo un punto de vista
puramente estético, o sea, un punto de vista formal, estableceremos
interrelaciones entre los distintos tipos de marcas corporales,
el sexo de los personajes, el color y la sombra. Nos daremos cuenta
de que las marcas producidas por actos agresivos, se presentan más
frecuentemente en los espacios interiores o nocturnos. Las marcas
que constituyen obras de arte que envuelven el cuerpo y se destinan
a la participación en ceremonias rituales, como es el caso de las
pinturas de los indígenas, necesitan luz, mucha luz; son diurnas
y podríamos imaginar que, cuando son captadas durante la noche,
estarían alumbradas por una hoguera. Las mutilaciones debidas a
los accidentes son asumidas por los personajes, pero jamás son objeto
de exhibición. Ese juego de diferencias, esas relaciones en la construcción
de las imágenes, el predominio de los tonos cálidos, todo esto contribuye
a que el detalle autónomo de las marcas corporales se reintegre
en la globalidad del todo, que es el cuerpo. A su vez, el cuerpo
ocupa siempre un lugar, su condición social es explícita y su origen
étnico se ve subrayado. Y así, de teatro en teatro, de drama en
drama, se recupera la dinámica total, sobre un suelo único, que
es la sociedad. Lo que importa es asimilar que jamás se hiere la
dignidad de los personajes, y, aún en los momentos más tristes,
la miseria no se confunde con un estado natural. Es este un resultado
formal que acompaña la ética del trabajo. En el mundo desprovisto
de utopías, al final del mismo, en los límites últimos de la experiencia
material y existencial, allí donde se instala la tristeza y se justifica
el pesimismo de la inteligencia, los episodios flagrantes de la
alegría van más allá del impulso vital. Todos comulgan del sentimiento
de participar en el cuerpo social.
Son esos los tiempos, tiempos de la
existencia y de la sociedad, que Miguel Rio Blanco recupera y deja
en libertad. Son tiempos olvidados, en el mundo determinado por
las exigencias totalitarias de los tiempos del mercado y de la tecnología.
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