Francisco Javier San Martín
Libertad vigilada.
Apuntes sobre creación artística e identidad delictiva en el arte
del siglo XX
"El hombre moderno que se tatúa es un delincuente
o un degenerado.
Hay cárceles en las que el ochenta por ciento de los internos
están tatuados.
Los tatuados que no están en prisión son delincuentes latentes
o aristócratas degenerados".
Adolf Loos, Ornamento y Delito, 1908.
|
|
ALPHONSE BERTILLON, Ficha de identidad
judiciaria de A. Bertillon, 1981
|
O artistas radicales. El minucioso Adolf
Loos se olvida de los artistas cuando escribió esta invectiva en
su célebre artículo Ornamento y delito. En su opinión, lo
moderno debe abandonar todo atavismo, y la decoración lo es, especialmente
la decoración del propio cuerpo, el paradigma de la condición tribal,
del desperdicio simbólico. Por las mismas fechas, Cesare Lombroso
parece estar más atento a las variedades de la desviación e incluye
a los artistas en el listado de las mentalidades ‘nerviosas’,
junto a delincuentes, locos y, curiosamente también, tatuados.
Desde la Viena apocalíptica al Moscú
de las primeras vanguardias: sólo cinco años después de Ornamento
y delito, Mijail Larionov e Ilia Zdanevich explican en su manifiesto
¿Por qué nos pintamos? que los jeroglíficos y signos que
aparecen sobre su rostro o su cuerpo forman parte de esa premisa
vanguardista que hace del futuro un retorno salvaje a la tribu.
No hay futurismo sin una cura de olvido de la Historia. Frente a
ella, el arte esgrime las armas del pasado prehistórico: las primeras
palabras (el balbuceo dadá), los primeros gestos (signos sobre la
piel, tam-tam, máscaras, danza incoherente...) Son los aspectos
más explícitamente primitivos del Cabaret Voltaire. Su actitud
anti-moderna está denunciando la delincuencia institucional del
Estado militar, la locura furiosa de la guerra y sin embargo son
ellos los considerados excéntricos, nihilistas (sinónimo de anarquistas)
y delincuentes, quizás sólo porque se cubren el rostro con máscaras
tribales o se pintan el cuerpo.
|
ANDRES SERRANO, The Morgue (Knifed to Death),
1992
|
El tatuado es, para Loos, un delincuente
del ornamento, un derrochador que, además, actúa contra sí mismo
ya que, individualizado con su dibujo en la piel, convierte su cuerpo
en lenguaje delator, un libro abierto de cara a la autoridad. Desde
sus orígenes, la fotografía judicial encuadra el rostro del delincuente,
ya que esta parte del cuerpo es la que concentra el máximo de información
individualizada: cabello, ojos, orejas, nariz, boca, mentón...;
pero el tatuado, con su gesto ornamentalmente perverso, hace de
su piel un texto añadido, un relato pormenorizado de su desviación.
El tatuaje de los delincuentes es una representación de sus fechorías,
una "viñeta gráfica de su hazaña o su destino", escribe
Foucault.
En 1913, Larionov se pasea por Moscú
con el rostro cubierto de jeroglíficos, exigiendo su condición de
salvaje y también –no sólo desde el punto de vista del ornamento–
de delincuente, de activista frente a la atonía bienpensante de
la sociedad moscovita. Los que se cruzaban con él por la calle no
podían imaginar que su gesto era una forma de arte; quizás pensaran
que era producto –como creía Loos– de una "delincuencia latente
o una aristocracia degenerada". Pero estaban en un error, no
eran delincuentes estos jóvenes que se paseaban por Moscú con el
rostro pintado, ni siquiera peligrosos, sino los auténticos fundadores
de lo que hemos convenido en llamar arte moderno.
Y tenían precedentes, como Charles Baudelaire,
que había tenido que comparecer ante el juez en 1857 tras la publicación
de Les fleurs du mal, acusado de "ofensas a la moralidad
pública y las buenas costumbres", o Édouard Manet y su Le
déjeneur su l’herbe, rechazado en el Salón de 1863, un acontecimiento
que inaugura una vida paralela de la modernidad. Y tendrían descendientes
durante mucho tiempo; de hecho, una de las normas no escritas de
la vanguardia –ya en la fase histórica, pero también en la época
de las tardovanguardias– es la idea genérica de creación artística
como actitud opuesta a la ley, como clandestinidad o trasgresión,
como ofensa o provocación. El nihilismo dadaísta, el arditismo
de los futuristas o la beauté convulsive de los surrealistas
señalan la economía de la trasgresión, esa administración del límite
que es característica de las vanguardias históricas.
|
|
ANDY WARHOL, Most Wanted Men,
nº 12, Frank B., 1964
|
En algunos casos, la experiencia de
la vanguardia aparece como un encadenamiento de transgresiones,
una vida mentalmente fuera de la legalidad. Si Apollinaire había
sido detenido y encarcelado en La Santé en agosto de 1911,
implicado en el robo de La Gioconda del Museo del Louvre, poco tiempo
después, en abril de 1914, es Arthur Cravan quien va a prisión tras
un proceso por injurias a Apollinaire, a quien había llamado ‘judío’
en su crónica en la revista Maintenant sobre la Exposición
de los Independientes. En la rectificación pública ordenada por
el juez, Cravan admite que Apollinaire no es judío, sino ‘católico
romano’, aunque vuelve, en el propio texto de la rectificación,
a llamarle ‘judío’. Es la vida en la cuerda floja de un
artista que propuso la trasgresión como una de las Bellas Artes.
Y que creó escuela.
Los dadaístas en primer lugar. Los futuristas
italianos o rusos. El coqueteo vitalista de los Marinetti, Hausmann,
Maiakovsky, Heartfield, Tzara o Dalí, artistas que sobrevolaron
las leyes como forma de enunciar una posición enérgicamente subversiva
ante el arte y el entorno en que se producía. Durante la guerra,
por ejemplo, a través del internacionalismo. En la revista Dadá
de Zurich señalaban que "los firmantes de este manifiesto
viven en Francia, en América, en Bélgica, en Alemania, en Italia,
en Suiza, etc., pero no tienen ninguna nacionalidad". Entre
sus colaboradoras había una ‘apátrida’, así como un ‘desertor de
diecisiete países’. "No teníamos confianza en la cultura.
Estaba todo por demoler. Había que comenzar de nuevo. En el Cabaret
Voltaire empezamos a asombrar al público, a demoler sus ideas sobre
el arte, atacar el sentido común, la opinión pública, la educación,
las instituciones, los museos, el buen gusto y, en definitiva, todo
el orden constituido". (...)

|