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EDITORIAL
Rosa Olivares
Culpable o muerto
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DANY TISDALE, Rodney King Police
Beating, 1991
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En la violencia, como en la sensualidad, cuanto menos se ve más
excitante resulta. Más nos incita a acercarnos, a mirar,
a levantar la falda, a apartar las cortinas. Todos los días,
cada día de nuestras vidas vemos un hecho violento, un delito.
Casi siempre asistimos a él a través de una imagen
fotográfica o de una película o vídeo. Las
noticias, el periódico y el cine, son nuestras tres vías
de alimentación de las dosis habituales de terror, de violencia.
A veces son suficientes las palabras, o el crimen es tan atroz que
quieren ocultarlo detrás de las palabras. Otras veces, simplemente,
no queda nada que ver. No sabemos cuándo es peor, cuándo
nuestra imaginación se siente más avivada.
Balzac decía a través del protagonista de una de
sus novelas, un oscuro funcionario gris que se convertía
en artista, escritor, por las noches, que la razón para que
alguien se quiera convertir en artista es que a el, a esa extraña
clase social, se le premia por hacer cosas que a otra persona le
llevarían directamente a la cárcel o al rechazo social.
En las páginas siguientes encontraremos razones para estar
de acuerdo con esta tesis de Balzac.
Pero el delito, la falta, el horror, son reales. Cuando un niño
desaparece y su fotografía es publicada en los diarios, su
rostro alegre y la ropa de fiesta no basta para evitar que empecemos
a imaginar y a reconstruir en nuestra mente algunas de las cosas
que le pueden estar pasando en esos mismos instantes: imágenes
salvajes de tortura y depravación. No hace falta ver nada
real, tenemos suficientes imágenes en nuestros archivos personales
como para poder reconstruir cualquier salvajada. No obstante, a
veces, muchas veces, los informadores nos ayudan. Otras veces nos
ayudan los artistas a realimentar este imaginario de horror y supervivencia
en el que unas veces ocupamos el papel del muerto y otras el del
verdugo. Pero siempre acabamos sintiéndonos culpables.
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JOHN HILLIARD, Miss Tracy, 1994
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La fotografía y el delito tienen una relación tan
antigua como la propia fotografía y, desde luego ningún
arte se ha ocupado del crimen, de los delitos, delincuentes y víctimas
en una medida tan desproporcionada como el cine, que ha hecho de
él más que un género, un tópico. Pero
con el nacimiento de la fotografía la investigación
criminal obtiene una de las ayudas más importantes, y un
punto de apoyo para su trabajo que todavía hoy en día,
cuando la huella digital parece superada por el registro del ADN,
resulta indispensable. En su origen, la fotografía del culpable
o del sospechoso se tomaba para demostrar, siguiendo la teoría
de Lombroso, que su rostro tenía características físicas
que le delataban como asesino. Con el tiempo, esas fotografías
son solamente una forma de reconocer, de fichar y guardar la cara
del delincuente en un archivo de retratos para un posible reconocimiento
posterior. Un archivo de retratos que puede tener similitudes con
un álbum de familia.
Donde hay un delito allí aparece el fotógrafo, como
veremos en los textos sobre Weegee, a veces incluso antes que la
propia policía. En España tuvimos un ejemplo paradigmático
de este tipo de actuación, el periódico "El Caso",
exclusivamente dedicado a los delitos de todo tipo que se realizaban
en una España que estaba vuelta hacia su lado más
negro. Y si no todos los fotógrafos de prensa llegan a ser
unos artistas como Weegee, otros artistas convierten en arte ese
otro trabajo cotidiano y gris, como ha hecho Christian Boltanski
con las imágenes que "El Caso" publicó durante
años.
Las imágenes que recogemos en este número 1 pueden
resultar a veces excesivamente documentales, periodísticas,
y otras veces innecesariamente duras y violentas. A quienes piensen
eso, recordarles que esta sociedad, de la que el arte es solamente
un reflejo, es excesivamente dura y violenta y que, algunas de esas
imágenes fuertes son solamente una reconstrucción,
una escenificación, con fines artísticos. Recordar
también que siempre es peor la realidad que su representación
y que no queremos ser un catálogo de fotografías de
violencias y humillaciones que se deje en la mesita del café,
como emblema de status cultural, olvidando lo que hay dentro. Nos
gustaría servir para algo más, para pensar en las
mil imágenes de la violencia de hoy en día, de los
delitos cotidianos que, por ser tan habituales, a nadie impresionan,
y para trazar una línea casi invisible que nos lleve de la
falta, algo mínimo pero humillante, algo que no esta contemplado
en el código penal de ningún país, hasta el
delito, entendiendo éste siempre como una ofensa a otro,
una imposición, violencia o humillación a alguien
que, por lo general, no tiene posibilidad de defensa: los abusos
a los niños, los malos tratos en familia, las palizas a niños
y mujeres, la violencia juvenil incontrolada, las violaciones
No incluimos delitos ni faltas contra la humanidad ni contra uno
mismo, como las guerras, la violencia política, cuestiones
de drogas o sexo: las primeras por ser excesivamente obvias y generales,
las segundas por considerar que el propio cuerpo es un territorio
de libertad absoluta.
Arte e información, fotografía y documento. ¿Debe
ser el arte bello sobre cualquier otra característica? Hoy
en día la respuesta es claramente no. En otros tiempos la
respuesta era tan obviamente no que ni siquiera se planteaban la
pregunta. La belleza de una obra de arte es, sobre todo, el misterio.
Y la atracción que nos produce, una atracción a veces
fatal que nos lleva a asomarnos a un acantilado excesivamente peligroso.
Esto sucede con muchas de las imágenes que pueden verse en
las páginas siguientes. No se trata de documentos reales,
aunque algunos si lo sean. El arte puede conseguir que una brutal
paliza a un hombre captada por un videoaficionado, se convierta
en una pieza de museo. Es la alquimia del arte que puede convertir
el barro en oro.
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FELIX GONZALEZ TORRES, Untitled
(Death by gun), 1990
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Objetos anónimos que se convierten en protagonistas de narraciones
donde la vida y la muerte, la sangre y el miedo, están presentes
y esperando el momento para saltar sobre nosotros. Rostros y cuerpos
retorcidos por el dolor que nos hablan en primera persona del horror
y del sufrimiento. Pero también ironía, una mirada
de denuncia y de cuestionamiento de una situación social
real, de la que la creación artística actual no es
ajena. Desde los secuestros aéreos de Johan Grimonprez hasta
las imágenes del Museo de Cera de Hiroshi Sugimoto, sin olvidar
la violencia de Daniel Tisdale o la capacidad simbólica de
Baldessari, Richard Avedon o García-Alix. Real o falso, verdad
o mentira, una vez más es ese un diálogo equivocado
al plantearlo sobre el terreno de la imagen fotográfica.
Hoy el interés del vídeo, el cine o la fotografía,
están por encima de su veracidad. En el caso de esta revista,
está por encima de la realidad de los casos que refleja,
trasladándonos a un mundo de simbologías, donde el
sujeto somos todos y lo particular universal.
Víctima, culpable y testigo forman, formamos, un triángulo
cuyos lados y ángulos son inseparables. Uno se justifica
y existe por el otro, y el tercero con su mirada y presencia casi
siempre muda, define la existencia de los otros dos. Ese testigo
es el artista, el fotógrafo, el que mira y que consigue que
todos nosotros miremos a través de sus ojos, de su mirada.
Esos objetos, esas escenas, esas situaciones vistas o imaginadas
convierten a todas estas obras en documentos sociológicos
de una conducta determinada y estructura toda una amplia y complicada
red de relaciones entre los que miran y los que son observados,
entre criminales y víctimas y entre ellos y los testigos,
cuestionando a veces el carácter mismo de falta y delito
en función de convenciones sociales.
El horror no viene siempre de la mano de un cadáver, de
un criminal. A veces un simple objeto, una mancha de sangre, se
convierte en la llave de un mundo de terror, de un momento en el
que el destino se cumple y la historia se transforma. La obra de
Milagros de la Torre es un ejemplo paradigmático de esa estrategia
narrativa, de esa forma de colocarnos justo enfrente del delito
en todo su complejo significado, con la inevitable presencia de
la víctima y de su asesino a través de las mismas
cosas. Como todos y cada uno de los artistas que forman esta galería
de faltas y delitos por la que estamos caminando en busca de pruebas
y testigos, recordando siempre el cuerpo del delito, sin saber muy
bien si somos los culpables o simplemente estamos muertos y ya a
salvo. Finalmente, estar muerto es la única confianza que
conservamos de que no somos los culpables de todo ese horror sino
sus víctimas.

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