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José Luis Barrios
¿Olvidar el dolor?
Las representaciones del delito y la falta en las sociedades globales
Son los que pueblan mi memoria con su presencia sin rostro,
y si pudiese encerrar a todo el mal de nuestro tiempo en una imagen,
escogería esta imagen, que me resulta familiar: un hombre demacrado,
con la cabeza inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara
y en cuyos ojos no se puede leer ni una huella de pensamiento.
Primo Levi, Si esto es un hombre.
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YOSHUA OKÓN, Poli V, 1999
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Desentrañar el significado que tienen
la falta y el delito en las sociedades contemporáneas, supone desentrañar
el sentido que tiene el dolor en nuestro mundo. Esta afirmación
aunque extrema no es gratuita. La genealogía de la falta, momento
precedente del delito, es producto de una desproporción: la de
la vida humana. El dolor, al igual que el placer, son límites fenomenológicos
del sujeto. Son las desterritorializaciones de la conciencia o las
formas mismas de la desproporción del individuo consigo mismo. Particularmente,
el dolor es una inminencia y una pregunta. Es la inminencia del
tiempo como preludio de la muerte y es la pregunta lanzada a una
alteridad posible. En el dolor, el cuerpo es el escenario de una
lucha: la del tiempo como carnalidad, la de la humanidad como desproporción.
Desproporción consigo mismo y desproporción con una alteridad radical
a la que se le pregunta por qué. La falta no es entonces la explicación
del dolor y la muerte, más bien son éstos dos los que explican la
falta. Se trata, como lo hace ver Paul Ricoeur, de la condición
de fabilidad del ser humano. Desmedida originaria de la relación
entre la voluntad, el cuerpo y el otro. Así pues, poder responder
a la relación entre la falta y el delito en la sociedad contemporánea,
supone responder al lugar que ocupan los binomios libertad/destino,
justicia/alteridad en nuestro entorno. Sólo así se puede entender
que la falta es producto de la proximidad del hombre consigo mismo,
con el mundo y con el otro, mientras que el delito nace del distanciamiento
de estas relaciones originarias que los sistemas simbólicos de poder
realizan a través del olvido del dolor. Este, desde mi perspectiva,
debe funcionar como condición reguladora de las diversas relaciones
éticas que el ser humano entabla con su entorno.
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MANUEL ALVAREZ BRAVO, Obrero en
huelga asesinado, 1934
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Los binomios libertad/destino y justicia/alteridad,
no son más que las estructuras ontológicas de la actividad/pasividad
del sujeto. Por un lado, el binomio libertad/destino es la lucha
que lo humano entabla consigo mismo, lucha de la voluntad y la conciencia
que intenta sobrepasar el límite mismo de la naturaleza o destino;
por el otro, el binomio justicia/alteridad es la aparición de un
segundo al que cuestiono sobre el sentido de mi dolor: posibilidad
de solidaridad o principio de la idea misma de justicia normativa
con la que se construye la noción de delito. Pero además, más allá
de la relación primera que se establece entre cada uno de los binomios,
hay que pensar una relación más compleja, la que se establece entre
los dos binomios a partir de un tercer factor, el de la atestación
de un testigo y/o un testimonio. Relación ésta donde se teje la
intriga entre la solidaridad humana y la represión institucional,
entre la comunidad y el sistema policíaco de vigilancia.
Así pues, la pregunta por la relación
entre la falta y la culpa en las sociedades contemporáneas quiere
decir, preguntar en primer lugar por el dolor, para luego cuestionarnos
sobre la relación entre destino y libertad del sujeto, por quién
es el otro en la sociedad actual y por el lugar que tiene el juego
de la atestación o dialéctica entre testigo/testimonio, en los sistemas
de representación simbólica de nuestra contemporaneidad. En última
instancia, se trata de preguntar cuál es el lugar del dolor en el
yo, en el otro y quién o qué testifica este sentido o sin sentido
del dolor. (...)

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