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Reflejos y reflexiones del medio especular
Juan Antonio Ramírez
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RICARDO B. SANCHEZ, 5ª Avenida
N.Y., 1985
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1. Como un frontón: toda la realidad
exterior rebota sobre la materia pulida o azogada, sobre esa superficie
enigmática donde reside, en puridad, la naturaleza misma de todos
los espejos. Imán de imágenes o de realidades
ajenas. El espejo las atrae y luego las expulsa al universo exterior,
al lugar de la mirada. El espejo no quiere las cosas, no se las
queda para sí. No es simpático, ni amable, ni acaparador: es un
ente ‘repelente’. A pesar de todas las apariencias, no es
penetrable sino duro y frío. Por eso era tan fantástica la Alicia
de Lewis Carroll y tan quimérico el viaje de La sangre de un
poeta, de Jean Cocteau. El más allá del espejo es mi más acá.
Me devuelve siempre con implacable precisión los dardos y las puyas,
las sonrisas y carantoñas. Todo lo que le lanzas tiende a convertirse,
para ti que lo miras, en un insulto visual.
2. No es ilimitado. Cierto es que ha
servido a veces como metáfora de cosas más bien infinitas (ejemplo:
los discursos sobre la naturaleza en tanto que ‘reflejo especular’
de la divinidad), pero no hay en verdad ningún espejo sin unos bordes.
Arriba y abajo, derecha e izquierda: aunque sea redondo u ovalado,
o aunque tenga los perfiles inciertos que caracterizan a los cristales
rotos, el espejo exhibe los mismos problemas de área y superficie
que la pintura o la fotografía convencional. Lo reflejado, por tanto,
es siempre un fragmento del mundo. De ahí se deduce que todo espejo
exige una estrategia de posición (dónde está colocado) y otra, combinada,
de contemplación (quién lo mira, y desde qué lugar). Añadamos el
tiempo cronológico y atmosférico también, pues no en todas las horas
puede existir esa luz sin la que el espejo no puede vivir...
3. Y es que, como Goethe antes de expirar,
también el espejo parece exigir “luz, más luz”. Es enemigo
de la noche, y hermano histórico del sol, con cuya iconografía se
asimilaba su tradicional forma circular u ovalada. Ese rebote perfecto
de la pelota luminosa, digámoslo así, ha permitido la identificación
del espejo con el origen mismo de la luz. ¿No es la palabra ‘reflector’
un sinónimo de faro o de foco luminoso? Esta peculiaridad no ha
impedido un interesante coqueteo con la poética de las sombras:
pensemos en los espejos de la pintura tenebrista, no muy abundantes
pero de gran interés poético. El Narciso de Caravaggio (Roma,
Galleria Nazionale d’Arte Antica), por ejemplo, contempla su rostro
en una charca oscura, como entreviendo algo que parece pertenecer
más al ensueño nocturnal de la conciencia interior que al mundo
luminoso de la vigilia; no es seguramente una casualidad que tuvieran
bastante popularidad en el barroco los llamados ’espejos negros’;
en su Magdalena penitente, del Metropolitan Museum of Art
(Nueva York), Georges de La Tour sustituyó el tradicional espejo
de la vanidad vencida por el vaso cristalino que contiene el aceite
de la mecha encendida, y en cuya superficie se reflejan el libro
y el látigo de las disciplinas; algo más convencional es la versión
del Musée des Beaux Arts de Besançon en la que aparece la Magdalena
contemplando el reflejo de la calavera en un pequeño espejo con
marco de madera. En ambos casos toda la iluminación proviene de
una pobre candela. La noche, siempre, a punto de vencer. En estos
y en otros ejemplos de la misma corriente artística no hay un marco,
un límite claro para la luz, y eso explica que nos hallemos en un
universo relativamente impermeable a lo especular.
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DAN GRAHAM, Body Press, 1970-72
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4. Debemos reconocer claramente que el espejo en
tanto que reflector luminoso exige un fondo, un entorno, un extra-marco
de penumbra, mate o neutro. Receptor de luz, en todo caso. Algo
opaco. Esta obviedad (además de otras que iremos mencionando) determina
las razones por las cuales la fotografía se ha visto inexorablemente
abocada a abordar el asunto del espejo de forma inevitable y obsesiva.
En efecto, si pensamos en el espejo como un ‘medio’ (y no
un simple elemento del mobiliario o un mero artilugio) podemos establecer
su parentesco estrecho con el ‘medio fotográfico’. Cada uno
de ellos, en una primera aproximación, podría considerarse una metáfora
del otro: la fotografía es como un espejo, y viceversa. La
permanencia de la imagen fotográfica refleja la fugacidad de la
vida, pero la imagen vista en el espejo inmortaliza ya de alguna
manera (enmarca y aísla) lo heterogéneo y cambiante de la realidad.
El espejo, por lo tanto, (esto ya la sabíamos respecto a la fotografía)
no es tampoco la realidad en bruto sino una modalidad de la representación.
(...)

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