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José Miguel
Marinas
Fundamento del espejo
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CHEMA MADOZ, S/t, 1992
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En el principio era el espejo. Hay desde siempre una plata viva
dispuesta, abierta a una presencia, al paso sigiloso y a la contemplación
pausada del bulto entero del cuerpo, de la consulta atenta del rostro
al rostro, de una mano que se acerca a su doble y ve que los otros
dedos, los del otro lado, aproximan las yemas a las yemas en un
tacto intimísimo y a la vez en el más distante, condenadamente ajeno,
de los encuentros. Este es el destino del espejo. Acechar una caza
mayor que sin él no sabría de sus límites ni su volumen, de su consistencia
ni de su alma. Esta es la primera lección de los espejos solos,
abandonados, de los espejos sin miradas que les devuelvan su mirada
de laguna que espera.
El espejo tiene la ambivalencia de los verdaderos elementos de
nuestra cultura: es un objeto banal, simple como un rectángulo enmarcado
en plástico que se ensarta en un clavo de una pared blanca de casa
baja de ferroviario y ante él se afeita el hombre, pero también
recibe de la mujer miradas más pausadas, con gestos de acercamiento
y retirada, con dedos que ahuecan o estiran las guedejas del peinado,
captura la fijeza del ojo que se busca y despeja una impureza, un
pelo menudo, de la mano que traza una línea en ángulo o en labio.
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OSCAR BONY, El final es el principio,
1998
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Esa es su cara trivial, la que el mercado acoge y reviste de toda
suerte de envoltorios y subrayados: espejitos gitanos enmarcados
en el barroco espontáneo de las conchas y las caracolas, espejos
con guardas de pan de oro o de plata labrada, espejos modernistas
con cantos de espejo; óvalos o rectángulos, tondo o estrella; exacerbación
del espejismo en los juegos de espejos venecianos; espejos como
relojes... Pero en medio de esa cara, a través de ella, se abre
un abismo insoportable.
El espejo es la evidencia misma de lo siniestro que nunca se deja
domesticar. Es inhóspito aunque esté a la mano, en la casa, en el
bolso. Porque inserta en el corazón mismo de la vida el simulacro
más central, el engaño más necesario. En eso es inquietante de una
manera definitiva, nunca se apaga su misterio, ni la zozobra que
siembra en nosotros. Por eso pasamos fugazmente ante el espejo o,
si nos decidimos a mirarnos con tiempo, hay una sensación inevitable
de trasgresión, de riesgo. Esta es la otra cara del espejo, al alcance
de todas las miradas. Que se recorre, con unas palabras o con otras,
en todas las biografías.
“No
hagas burlas al espejo, que se ríe el demonio”, ese puede servir
como lema de la cautela popular ante el señuelo. Algo muy peligroso
se siente en la contemplación del agua remansada y vertical. Algo
amenazador que, sin embargo, hay que preservar (¡que no se rompa!).
No es sólo la mentira, el juego de tomar por verdadero lo radicalmente
ajeno, es más: es el poder sencillo con que se ejerce esa ficción.
La semejanza que más dista de ser evidente y que acaba implantada
en el gozne de cada uno de nosotros cuando nos reconocemos en un
espejo, o, como en un espejo, en otras presencias.
Hacemos el esfuerzo de salir de la rutina, dejamos que la voz 'espejo'
se despoje de figuras concretas, y entonces comienza la reverberación
de los azogues (...)

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